¿Cómo se inventaron los dinosaurios?: en busca de “El Mundo Perdido”

Había una vez hace ya más de 100 años un planeta donde no existían los dinosaurios. Corrían rumores de dragones y serpientes emplumadas, pero muy pocos sabían de los huesos gigantescos que escupía la Tierra aquí y allá. Todo cambió cuando un famoso escritor dirigió la mirada hacia una zona remota de Sudamérica donde había… ¿dinosaurios? ¿en 1912? ¿cómo sucedió eso?

La pregunta surgió por primera vez hace ya bastante tiempo, a fines de los 1980, arriba de un viejo autobús que en ese momento avanzaba a toda velocidad por la Gran Sabana venezolana. Después de pasar por controles militares y campamentos mineros, el autobús desembocaba en un camino que dividía en dos una gran extensión de verde. Entonces vi por primera vez las islas voladoras, las mesetas conocidas como tepuis. Y recordé una novela de aventuras que había leído en la adolescencia.

Foto de Tepui. Wikimedia Commons por Coelhojess, licencia CC BY-SA 3.0

La parte superior de los tepuis es aplanada e invisible desde abajo… ¿Qué podría existir allí arriba? En 1912 Arthur Conan Doyle, que ya era autor de la saga del detective Sherlock Holmes, imaginó en una novela que encima de un tepui había dinosaurios.

La novela «El Mundo Perdido» colocó por primera vez a los dinosaurios en el imaginario popular. Comenzó a aparecer por entregas en abril de 1912 en la revista inglesa “Strand”. Fue un éxito inmediato entre los lectores y dio origen a una de las primeras superproducciones del cine mudo.

Ahora que creemos haberlo visto casi todo esa época parece lejana, pero el argumento no tenía nada de elemental. El siglo XX apenas comenzaba. Los esqueletos de los dinosaurios recién empezaban a ser excavados. Y muy pocas personas se aventuraban a la Gran Sabana venezolana, por cierto bastante lejos de la casa de Conan Doyle en Sussex, Inglaterra.

Fue una obra cargada de intuiciones: el escritor imaginó en esas mesetas la posibilidad de una evolución de las especies distinta a la del resto del planeta. Y confió en el poder hipnótico de los dinosaurios que, más de un siglo después, aún causan furor.

En el tiempo transcurrido desde que se publicó la novela los tepuis han sido objeto de numerosas investigaciones y si bien no hay dinosaurios (hasta el momento) se ha reportado la existencia de especies que tuvieron una actitud particular frente a la evolución.

Hay diversas interpretaciones sobre el lugar que inspiró a Conan Doyle, pero la teoría más persistente sostiene que la escena principal de la aventura ocurre en la cumbre del Roraima (2.772 metros), un tepui ubicado donde confluyen tres países, Guyana, Brasil y Venezuela.

Y así, en el autobús a través de la Gran Sabana rumbo a Santa Elena de Uairén miraba la cumbre núblela del Roraima y pensaba en el misterio de esta novela: ¿cómo fue que un próspero habitante de la Inglaterra de principios de siglo XX, Arthur Conan Doyle, uno de los autores más exitosos de su época, creador de Sherlock Holmes, se asomó a la cima de un tepui americano, donde imaginó un mundo perdido dominado por dinosaurios?

 La novela

«En medio del silencio más absoluto se sintió un pisoteo profundo, regular… Se escuchó un jadeo sibilante, que subía y bajaba, la respiración de la bestia. Sólo una débil empalizada nos separaba de ese horror nocturno… tuve la visión momentánea de una máscara horrenda, parecida a un sapo gigantesco, de piel arrugada y leprosa, con una boca desencajada y baboseante de sangre fresca», escribe el periodista Edward Malone, de la Daily Gazette de Londres, narrador de la novela «El Mundo Perdido» de Arthur Conan Doyle.

Fotograma de la película de 1925, disponible en Internet Archive, entre otros. «Un organismo mounstruoso».

Ese animal que respiraba con la potencia de un motor sugería «un organismo monstruoso». El protagonista de la novela, el profesor Challenger, advierte a sus compañeros de aventura que «esta noche estuvimos a punto de entrar en contacto con un dinosaurio carnívoro».

La trama sigue el modelo clásico de la novela de aventuras. Tiene su punto de partida en Londres, donde Malone está perdidamente enamorado de Gladys, quien le dice en forma terminante que sólo entregará su corazón a un hombre famoso, valeroso, capaz de grandes hazañas. Era la Inglaterra Victoriana, imperialista por naturaleza, donde nadie estaba pendiente de pequeñeces.

El periodista, desconsolado por su vida rutinaria, conoce al profesor Challenger quien lo invita a una de las sesiones del Instituto de Zoología en Londres. Nadie cree a Challenger la historia sobre una meseta habitada por seres prehistóricos.

Tras grandes discusiones el Instituto decide enviar una expedición que cruza el océano hasta Sudamérica y navega el río Amazonas hasta pasar Manaos, toma un tributario hacia el norte. Malone mantiene informados a los lectores de la Daily Gazette, pero recuerda que los datos geográficos han sido alterados para no revelar la verdadera posición del lugar desconocido hacia el cual se dirigen.

Después de una serie de peripecias llegan hasta la pared vertical de la montaña. La única forma de subir hasta el planalto es utilizar un árbol como puente desde un promontorio cercano. Ya en la superficie de la meseta se produce el descubrimiento de los seres prehistóricos: primero una garrapata gigante, luego los brontosaurios pastando en una pradera, después los dinosaurios carnívoros, más allá los nidos de pterodáctilos que hacen chasquear sus picos con furia.

«Nos han ocurrido las cosas más maravillosas, y continúan ocurriéndonos», escribe Malone.

En el clímax de su paso por el tepui los aventureros intervienen con sus rifles en una contienda entre indígenas y una especie de hombres-mono, quienes resultan brutalmente castigados tras su derrota por los exploradores blancos, desenlace que refleja la moral racista de aquellos tiempos de colonialismos furibundos.

Regresan a Londres, Malone para descubrir que Gladys se había casado con un monótono escribiente, y Challenger para enfrentar nuevamente la incredulidad del Instituto de Zoología.

Sólo que en esta oportunidad tiene un as bajo la manga. Para aplacar las críticas el profesor abre una jaula desde la cual emerge un pterodáctilo. En medio de gritos de terror el ser prehistórico alza el vuelo.

«Circulaba lentamente alrededor del recinto del Queen’s Hall con el aleteo seco y correoso de sus alas de 10 pies, mientras un olor pútrido invadía toda la sala», según el recuento de la Daily Gazette. Al final, los héroes de la aventura son aclamados como tales, sin que a nadie le quede nada por dentro. 

El pterodáctilo, entretanto, se escapa a través de una ventana abierta y su sombra revolotea en las profundidades de la noche de Londres.

El escritor

Arthur Conan Doyle (1859-1930) tenía poco más de 50 años cuando publicó la primera novela de dinosaurios, y fue muy claro en sus propósitos al encabezarla con una breve estrofa en la cual dice que se consideraba satisfecho si lograba «dar una hora de alegría al niño que ya es casi un adulto, o al adulto que sigue siendo un poco niño».

Era un experimento para el autor de las más exitosas novelas policiales, que tenían como protagonista al detective Sherlock Holmes. Y el resultado de la nueva aventura le gustó mucho, según recuerdan sus biógrafos.

Sir Arthur Conan doyle. Foto de Wikimedia por Walter Benington – RR Auction, Public Domain

Conan Doyle no quería a Sherlock Holmes quien le había generado fama y dinero en grandes cantidades, pero que al mismo tiempo le ocasionaba grandes molestias. La principal era que no podía deshacerse del detective.

Cuando visitaba Estados Unidos pasaba algunos de sus peores momentos pues los diarios omitían su verdadero nombre y anunciaban en grandes titulares la llegada de “Sherlock”. Uno de sus biógrafos, Hesketh Pearson, dijo que que «los lectores nunca se saciaban de Sherlock, siempre pedían más, lo cual provocó que Doyle odiara a Holmes».

El escritor estaría desolado al ver lo que ocurre ahora. Casi toda su obra está al borde del olvido, salvo la relacionada con Sherlock Holmes: basta realizar una búsqueda en Internet para encontrarse a cada paso con el detective y su compañero, el doctor Watson.

¿Quién era este escritor? Conan Doyle estudió medicina. De joven ejerció, al principio en barcos, luego atendiendo en pequeñas clínicas hasta que en 1887 publicó «A Study in Scarlet», el primer caso del detective Sherlock Holmes. Muy pronto llegó la fama.

Escribió numerosas obras, entre novelas, cuentos, ensayos, textos políticos y relatos de viajes. Durante los últimos años de su vida Conan Doyle fue un ardoroso defensor del espiritismo. Recopiló información, dictó conferencias y escribió cientos de páginas sobre este tema.

En vida no se marginó de las polémicas. Discutió públicamente cuando se produjo el hundimiento del Titanic, propuso ya en esa época construir un túnel por debajo del Canal de La Mancha y comentó ácidamente la política exterior británica. Este trayecto también lo condujo hasta el mundo perdido.

A mediados de la década de 1890 Conan Doyle y su esposa estaban alojados en el Mena House Hotel de El Cairo, no muy lejos de las pirámides. Por las tardes el autor visitaba el Turf Club. Uno de los principales temas de conversación en el club era la actitud calificada de «hostil» que habría asumido Estados Unidos contra Inglaterra, en una disputa que involucraba los límites entre la Guyana Británica y Venezuela. Justo en la zona donde está el tepui Roraima.

En medio de fuertes presiones territoriales de los británicos, el Gobierno venezolano hizo una gestión diplomática ante Estados Unidos para plantear que la aspiración británica en Guayana era contraria a la Doctrina Monroe (otra joya colonizadora) de ese país, que planteaba el cese del expansionismo europeo en América. El presidente Grover Cleveland expresó su molestia a Londres y no descartó la posibilidad de intervenir a favor de la nación sudamericana.

La disputa fue seguida de cerca por Conan Doyle, quien en sus cartas a la prensa londinense criticaba la falta de habilidad de la política exterior inglesa. Después los ánimos se apaciguaron, pero uno de sus biógrafos anota que en medio del paisaje egipcio, en tardes dedicadas a la discusión del mundo en el Turf Club, “el asunto de Venezuela le preocupaba”.

¿Cómo era la zona en disputa? Algunos exploradores habían descrito una naturaleza irreal.

El escenario

La primera referencia europea a los tepuis se atribuye al misionero capuchino Mariano de Cervera, quien los divisó de lejos hacia 1780. “Parecen artificiales”, reportó, y sugirió que tenían la apariencia de “torres y castillos”.

Durante el siglo XIX el geógrafo alemán Robert Hermann Schomburgk viajó por la zona de las Guayanas y vio el Roraima. “Me quedé atónito al mirar el gigantesco paredón y, dominado por una sensación de opresión casi angustiosa mi corazón comenzó a latir con violencia, como si fuera amenazado por algún peligro oculto frente al cual mi fuerza diminuta era impotente… mirando esta vertiginosa altura, la masa rocosa parecía salvaje y tremenda”, dice en una de las descripciones de su libro “Reisen in British Guiana…”.

Ilustración del libro de R.H. Schomburk «Twelve views in the interior of Guiana» con dibujos realizados por Charles Bentley. Disponible en el Internet Archive.

Schomburgk hizo varios viajes a la zona por encargo del imperio británico para realizar un estudio sobre la demarcación fronteriza, con la misión explícita de favorecer las ambiciones de la potencia europea. Atravesó por primera vez junglas y ríos que sólo conocían los indígenas y en varias oportunidades vio las paredes del Roraima, al cual no logró ascender. Pero sugirió que su cima estaba llena de tesoros naturales y en sus escritos al retornar a Europa pronosticaba un ‘El Dorado’ para la botánica.

Por cierto que el entusiasmo de explorador no le impidió realizar su misión original de justificación del expansionismo al cual se sentían con derecho sus empleadores. No dudó en colocar postes de demarcación de la frontera en lugares decididos por él mismo. El resultado es que el problema fronterizo en la zona aún está sin resolver.

En el siglo XIX y comienzos del XX los relatos que llegaban hasta el viejo mundo desde el nuevo mundo hacían volar la imaginación.

Un inglés llamado Charles Waterton, que recorrió Guayana el siglo XIX, regresó a su país contando cómo había matado una desmesurada serpiente y también dijo que había cabalgado un cocodrilo. Además trajo un veneno, el curare.

Hay un rastro que podría conducir hacia «El Mundo Perdido». Lo vi en una exposición realizada por el Museo de Ciencias de Caracas a comienzos de los 90. Allí se mostraba un cuadro titulado “View of the Curipung River” que mostraba la pared vertical del Roraima y, a su lado un promontorio muy curioso, similar al que en la novela habrían utilizado Challenger y sus amigos para colocar un árbol como puente que les permitiría acceder a la cima del tepui. 

Ilustración en la portada de «Roraima and British Guiana» por J. W. Boddam-Whetham, disponible en la página del Proyecto Gutemberg.

¿Es posible que Conan Doyle haya visto este cuadro? La ilustración fue realizada por J.W.Boddam Whetham y la publicó en 1879 en su libro ‘Roraima and British Guiana’. La reproducción debe estar perdida en un sótano de ese museo venezolano, pero el libro se consigue en internet y narra con gran detalle el viaje a través de ríos y selvas hacia el tepui. El cuadro aparece en la portada.

Una de las exploraciones más difundidas de la segunda mitad del siglo XIX fue la de Wallace y Bates al río Amazonas. En Manaos se separaron y Alfred Russell Wallace navegó hacia el norte por el río Negro, y si bien no llegó al Roraima si cruzó el entretejido de ríos rumbo a Venezuela, en un viaje famoso porque le permitió llegar a las mismas conclusiones de Charles Darwin sobre la evolución. El Profesor Challenger, por cierto, cita en la novela a la expedición de Wallace y Bates como una inspiración para su aventura.

Wallace había relatado sus viajes en libros donde abundaba en detalles amazónicos como el agua negra y transparente de algunos ríos o el uso de una mezcla del portugués con dialectos indígenas llamada Lingoa Geral, características que también destaca el periodista Malone en «El Mundo Perdido».

Afiche de la película de 1925 en The Arthur Conan Doyle Encyclopedia.

Finalmente llegamos a un año clave, 1884. Fue entonces cuando el explorador y naturalista Everard Im Thurn, acompañado por Harry Perkins, logró alcanzar la cima del monte Roraima. Los resultados de su expedición, incluyendo el análisis de varias muestras, fueron publicados en Londres en 1885 y él mismo dio numerosas charlas sobre las extrañas muestras de vida encontradas en el tepui. Los resultados de la expedición de Im Thurn han sido considerados como el posible detonante de la novela de Conan Doyle, quien habría asistido a sus charlas.

Otras versiones dicen que no habría sido el Roraima el escenario de “El Mundo Perdido” sino unas formaciones parecidas que existen en la frontera de Brasil con Bolivia. En esta zona un obsesivo explorador, Percy Harrison Fawcett, dedicó su vida a buscar lo que se denominó como la ciudad perdida de ‘Z’ hasta que finalmente se lo tragó esa selva. Él mismo dijo que en uno de sus regresos a Londres había hablado con Conan Doyle sobre este lugar.

Durante un viaje a Bolivia en 2008 tuve la oportunidad de caminar por encima de una de estas mesetas, y de ver como se extendían una detrás de la otra en medio de un océano verde cerca de la frontera con Brasil. También pensé en Conan Doyle.

Aunque es cierto que en «El Mundo Perdido» no hay referencias explícitas al Roraima, las descripciones del periodista Malone coinciden con las de algunos de los exploradores que ya habían hablado sobre este tepui en Londres. También podemos imaginar una ruta fluvial como la seguida por los protagonistas que saliera de Manaos hacia el norte por el río Negro, luego por el Branco y después por algún otro tributario que se acercara a la zona.

Además antes de partir en la expedición uno de los personajes que conoce bien la zona, el aventurero profesional Lord Roxton, calificado como ‘sudamericómano’, juguetea con teorías sobre su posible destino. «Tal vez aquí, donde estos tres países se tocan», dice. Otra vez, apunta hacia el Roraima. (En el póster de la película el profesor Challenger también aparece apuntando hacia esta triple frontera).

Los saurios

Y los dinosaurios, ¿cómo aparecen en una historia de 1912?

La idea de traer a estas criaturas a la literatura se le ocurrió a Conan Doyle cuando su vista se detuvo en uno de los adornos que tenía en su sala de billar, según su biógrafo John Dickson Carr. Se trataba de las huellas fosilizadas de un dinosaurio que habían sido encontradas muy cerca del lugar donde tenía su estudio, en Sussex.

El tema de los dinosaurios no era popular aún, pero no resultaba ajeno a una persona culta con inclinaciones científicas en la Inglaterra de principios del siglo XX. Desde hacía algunas décadas los paleontólogos habían comenzado a desenterrar y clasificar huesos, mientras ilustradores especializados trazaban dibujos con los cuales sugerían cuál podía haber sido la forma de esos seres enormes.

Gideon Mantell, quien vivía cerca de Londres, descubrió fósiles del primer iguanodon, mientras que Mary Anning desenterró los huesos de otros dinosaurios mencionados en la novela, como el ichthyosaurio, una especie de pez con mandíbulas temibles.

Richard Owen saltó a la fama con la creación de la palabra dinosaurio. “Saurio”, por los lagartos, mientras que “dino” lo tomó prestado del griego para sugerir algo terrible. Así pues, eran los terribles lagartos. Y la dinosauria había nacido.

Al iniciarse el siglo XX los hallazgos se multiplicaban, y se sumaban los de Estados Unidos. Megalosaurio, iguanodon, hylaeosaurio, paleosaurios, mesosaurio, ichthyosaurio, brontosaurio, estegosaurio, eran nombres que comenzaban a sonar por ese entonces.

«¿Acaso estos huesos secos pueden vivir? Sí, responderíamos nosotros, pueden volver a la vida… la razón y la imaginación nos darán poder, si les dejamos actuar, para restaurar estas creaciones perdidas», anotaba el reverendo H.N. Hutchinson en un artículo sobre “Monstruos Prehistóricos” publicado por la Pearson’s Magazine en 1900, con una descripción de varios tipos de dinosaurios, un texto que se considera como una influencia importante.

Estegosaurio por Lankester, E. Ray – Disponible en Wikimedia Commons por la Biodiversity Library.

Pero el acceso definitivo de Conan Doyle hacia el mundo de los dinosaurios se produjo a través del libro ilustrado «Extinct Animals», publicado por Edwin Ray Lankester en 1905. Para que no queden dudas sobre su influencia, el propio Profesor Challenger se refiere a Lankester al comienzo de «El Mundo Perdido» y lo califica como «mi querido amigo». Antes de partir de Londres, le muestra a Malone uno de los dibujos de esta obra: «posible apariencia de un dinosaurio del Jurásico, el estegosaurio».

Lankester, por su parte, estuvo encantado de aparecer en la novela y le escribió una carta a Arthur Conan Doyle en la cual calificaba como «espléndida» la aventura descrita en la obra, y advertía sobre la existencia de detalles que le daban consistencia y verosimilitud a la trama. «Me siento orgulloso de haber tenido algún grado de influencia», advertía el naturalista. También aportaba ideas sobre nuevos seres, no tan verosímiles: una bestia enorme similar a un conejo, un pterodáctilo vegetariano domesticable, culebras de una longitud inconcebible…

No sólo Lankester había sido cautivado. La fantasía no tiene fronteras y suele transpirar hacia la realidad así que poco después de la publicación de la primera novela sobre dinosaurios de la historia, un diario inglés informó que el yate “Delaware” había partido de Filadelfia, Estados Unidos, con rumbo hacia el río Amazonas.

Llevaba una tripulación compuesta por “un osado grupo de exploradores” que pretendían recorrer a fondo ese cauce y sus tributarios, pues «en interés de la ciencia y de la humanidad buscan el mundo perdido de Conan Doyle, o alguna evidencia física sobre su existencia”. La expedición fue patrocinada por la Universidad de Pennsylvania y estaba encabezada por un capitán Rowan, mientras que la parte científica estaba a cargo de un profesor Farrable.

«Déjalos que vayan, si no encuentran la meseta con seguridad van a encontrar alguna otra cosa de interés», le comentó el escritor a su preocupada esposa, según se narra en una de sus biografías.

La película

La aventura traspasó fronteras y llegó al cine. En 1925 una productora cinematográfica lanzó a las salas de todo el mundo la primera gran producción cinematográfica sede larga duración sobre dinosaurios, con efectos especiales sin precedentes. Demoraron 7 años en filmarla.

Doyle no era ajeno al cine pues Sherlock Holmes ya había aparecido en la pantalla. Esta vez, sin embargo, se trataba de una verdadera superproducción de un millón de dólares que debía enmudecer a los espectadores de las películas mudas de entonces.

Afiche de la película de First National Pictures, disponible en Wikimedia.

Significó el inicio en la consagración de el primer gran especialista de efectos especiales de Hollywood.  Willis O’Brien revivió los dinosaurios usando modelos a escala para recrear las diversas situaciones consideradas por el guión, incluyendo una estampida y peleas entre los lagartos terribles. O’Brien creó efectos que lo harían famoso unos pocos años después cuando se hizo cargo de un trabajo similar para la película “King Kong”.

«El Mundo Perdido» fue lanzada por la compañía First National, antecesora de la Warner, con una gran campaña publicitaria. Y recorrió el mundo. 

Una revista chilena, “Cine Novela”, dedicó su número de junio de 1928 a comentar esta producción. Explicaba que se trató de «una creación del famoso actor Wallace Beery, del simpático Lloyd Hughes, de la encantadora Bessie Love, y del famoso Lewis Stone», y no dudó en calificarla como «un espectáculo maravilloso por su fantasía y su técnica» y «una audacia del cinematógrafo».

También se describían las escenas más estremecedoras: por ejemplo la decisión de Challenger de llevarse un inmenso brontosaurio, en vez del pterodáctilo del libro, que luego acarrea en balsa por el río Amazonas… hasta llegar a Londres.

El dinosaurio escapa de sus captores en pleno centro de Londres y según la revista se ven escenas en las cuales «va corriendo por las calles, aplastando con sus patas inmensas a hombres, mujeres y niños» mientras ceden edificios y caen palacios. Acto seguido, el brontosaurio se precipita al río Támesis y se aleja nadando con destino desconocido.

Fotograma de la película de 1925 que estáen dominio público y puede encontrarse en diversos sitios de internet. Disponible en Youtube en página de Stop Motion Shots del filme por A. Hagst.

El delirio que produce esta historia lleva a ‘Cine Novela’ a intentar una descripción de la meseta a partir de los fotogramas en blanco y negro: «era una naturaleza nueva, algo que nunca vieron ojos humanos, flora desconocida, apretada como los cabellos de una mujer, árboles gigantescos, enredaderas interminables, selva verde como los ojos de las mujeres de Islandia, y un perfume de flores que embriagaba».

A fines de la década del 1920 los dueños de los derechos de la película decidieron detener la distribución y se perdieron las copias. Durante años hubo una campaña para recopilar restos de negativos que fueron apareciendo aquí y allá. Hasta que se encontró una copia casi completa, en Praga.

Ahora se puede ver la película completa en internet, basta con hacer una búsqueda.

Ha habido otros intentos por versionar el libro para el cine y la televisión, sin final feliz. Luego vino la superproducción de Steven Spielberg “Parque Jurásico II: El Mundo Perdido” que uso el título de Conan Doyle sin que quedara claro de donde lo habían sacado.

El mundo real

La carretera de la Gran Sabana llega hasta Santa Elena de Uairén, la última población venezolana antes de cruzar a Brasil. Un lugar donde conviven agricultores, policías, mineros, comeflores, buscafortunas, turistas, contrabandistas, funcionarios, militares y todo lo que quepa en un lugar como ese. Aunque muy pocos de ellos leyeron la novela de Arthur Conan Doyle, saben que son habitantes de la región de «El Mundo Perdido», pues así se ha promocionado la zona para captar la atención de los visitantes quienes, seguramente, tampoco saben demasiado sobre la novela original.

Ilustración de «Roraima and British Guiana» por J. W. Boddam-Whetham, disponible en la página del Proyecto Gutemberg.

Ahora están disponibles en internet numerosos documentales que muestran que la superficie del Roraima es distinta a la que imaginó Doyle. Mientras la novela habla de selva, praderas y un pantano, en la realidad se trata de un terreno rocoso. Los científicos llevan un siglo visitando el lugar y han descubierto pocas especies, aunque son consideradas muy valiosas.

Las investigaciones atribuyen a la vida en estas mesetas una evolución que ha seguido un camino diferente. Las paredes verticales impusieron un aislamiento que convirtió a los tepuis (son alrededor de un centenar) en laboratorios depositarios de una naturaleza que, en gran parte, no existe en ningún otro lugar de la tierra.

Algunas especies sólo tienen equivalentes en lugares muy alejados. ¿O es que alguna vez estuvieron unidos? Se dice que son restos de una antiquísima y enorme meseta, una de las formaciones más antiguas del mundo, que en algún momento comenzó a hundirse. ¿Qué fuerzas tectónicas habrán contribuido?

En 1910 Alfred Wegener planteó la teoría de la deriva continental, según la cual hace unos 135 millones de años comenzó a desmembrarse un continente único, llamado Pangea, y luego ocurrió lo mismo con una de sus secciones, a la cual se denomina Gondwana, que agrupaba a Sudamérica, Africa y Australia.

En los años 30 el piloto Jimmy Angel llegó hasta la pared enorme de un tepui por donde cae la cascada más alta del mundo, el Salto Angel. En 1989 un cronista de The National Geographic, Uwe George, relató que un conocedor de esa montaña, llamada Auyán-Tepui, le contó que en los años 50 había visto allí pequeños lagartos con forma de dinosaurios.

Los científicos han bajado de esas cumbres con orquídeas únicas, plantas carnívoras, insectos extravagantes. Las expediciones a veces pasan meses recorriendo la parta alta de las mesetas.

Fotograma de la película de 1925 que estáen dominio público y puede encontrarse en diversos sitios de internet. Disponible en Youtube en página de Stop Motion Shots del filme por A. Hagst.

Conan Doyle, vale la pena decirlo, nunca visitó un tepui, pero claramente intuía la existencia de secretos en esas cumbres, en la parte alta de una meseta que él describe como «plutónica».

En la novela «El Mundo Perdido» de 1912 el personaje del Profesor Challenger explica al periodista Malone que «un área tan grande como Sussex fue levantada en bloque junto con toda la vida que albergaba y quedó aislada por precipicios verticales de una dureza tal que desafían la erosión del resto del continente».

«¿Y cuál es el resultado? Que las leyes ordinarias de la naturaleza ya no tienen efecto… sobreviven seres que de otra forma hubieran desaparecido. Notará usted que tanto el pterodáctilo como el estegosaurio son del jurásico, por lo tanto pertenecen a una era muy antigua en el orden de la vida».

Sudamérica, dice un personaje de la novela, «es la porción más grande, rica y maravillosa de este planeta».


Texto: Luis Córdova

Fotos: las fotos provienen de diversas fuentes. Siempre de obras que, por longevas, están en el dominio público, como es el caso de la película de 1925. En todo caso en las leyendas están especificadas esas fuentes, entre otras Wikimedia, Internet Archive, el Proyecto Gutemberg y la The Arthur Conan Doyle Encyclopedia.

Nota explicativa: Esta es la edición de un texto realizado hace bastantes años. Fue publicado en el suplemento Artes y Letras del diario El Mercurio de Chile. Durante un tiempo estuvo en internet como sitio web independiente. Leí el libro de Arthur Conan Doyle en la adolescencia, en los años 70, pero no podría precisar cuándo, y siempre me pareció que era una obra poco afortunada en su difusión. Cuando vi el Roraima sabía que estaba en “El Mundo Perdido”, aunque la zona aún no se promocionaba así. Para responder la pregunta de cómo fue que esta novela se hizo en 1912 revisé muchos libros y revistas en la Biblioteca Nacional en Santiago de Chile, y luego, cuando la hubo, en internet. Creo que el artículo es largo, espero que no sea muy aburrido.


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