¿Cuándo fue la última vez que viste una luciérnaga? La memoria titubea antes de proyectar la imagen de una noche en la cual el cielo cayó a la Tierra…
La pregunta ha sido hecha muchas veces como comprobará quien recurra a formula en un buscador en internet. Además aparece en forma destacada en la novela “Tokyo Blues” desde donde reapareció cuando hojeaba el libro decidiendo si lo regalaba o no por una mudanza.
Las luciérnagas son luz viva, dejan la sensación de una fragilidad poderosa. Quizás sea uno de los coleópteros más poéticos. Jorge Luis Borges las vio en un Haiku: “¿Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga?”.
Mi respuesta a la pregunta es vaga. He visto algunas hace poco, solitarias en la mitad de una noche austral, aunque no logro ser más preciso.
Pero el recuerdo mas fuerte relacionado con las luciérnagas me transporta más allá en el tiempo hacia un anochecer brutal. Ocurrió un abril de hace años en una carretera del oriente de Bolivia entre San Ignacio y Concepción, no muy lejos de la frontera con Brasil.
El viaje de 185 kilómetros demoró 9 horas. La carretera de tierra transcurría en medio de una gran extensión del verde que predomina en la zona. Todo iba bien hasta que de pronto el bus se detuvo en forma brusca.
Había llovido y un camión que había resbalado por una cuesta llena de lodo estaba atravesado en la vía. No se podía pasar. Estábamos en medio de ningún lugar. Bajamos del bus pues la espera iba a ser de duración indeterminada. Así son las cosas en muchas rutas rurales latinoamericanas.
Al atardecer llegaron los mosquitos. Estos mosquitos eran monstruosos. Fue necesario ponerse pantalones largos, y cubrirse los brazos, la cabeza, el cuello, tratando de no dejar piel expuesta. Aún así picaban con furor.
La solución al problema de los mosquitos fue insólita. Cayó sobre nosotros un enjambre de libélulas. No podría decir si eran cientos o miles, pero se movían como helicópteros de ataque a toda velocidad sin tocarnos.
En apenas unos minutos las libélulas devoraron todos los mosquitos sin misericordia. Alguna vez leí que la libélula es uno de los seres más voraces del planeta, y uno de los más antiguos.
Con la caída de la noche las libélulas se esfumaron y de repente todo el territorio circundante fue invadido por millares de luces que titilaban como estrellas, como si el cielo se hubiera desplomado.
Eran las luciérnagas.
¿Era posible que hubiera tantas luciérnagas en un solo lugar del planeta? ¿y mosquitos? ¿y libélulas? No se parecía al mundo real.
De pronto resultaba apropiada una de las preguntas que alguna vez hizo Pablo Neruda: «¿No se ha incendiado la pradera con las luciérnagas salvajes?».
Si mirabas las luciérnagas fijamente incluso los pensamientos comenzaban a parpadear. Qué luz tan misteriosa era esa que había inundado de repente una carretera boliviana. Luego desaparecieron también las luciérnagas, y el cielo se llenó de verdaderas estrellas.
La misteriosa luz de las luciérnagas es un fenómeno conocido como bioluminiscencia, que en el caso de este insecto coleóptero es producido por la oxidación de luciferina. Infernal. La familia de las luciérnagas se llama ‘lampyridae’, con esa estupenda ‘y’ al medio.
Hace bastantes años viví otro espejismo de rara intensidad protagonizado por luciérnagas. Fue en un pueblo venezolano llamado San Juan de las Galdonas.
Una noche salí a caminar y de repente se cortó la luz. Cuando la oscuridad se abatió sobre San Juan las luciérnagas aparecieron repentinamente. Estaban allí pero no se veían porque luz mata luz. Eran demasiadas. La ilusión duro eternamente, una media hora, hasta que volvió a zumbar la electricidad y desaparecieron en un instante.
De niño leí una novela de Emilio Salgari, de la serie del Corsario Negro, en la cual los piratas desembarcaban en Venezuela y al internarse en la selva se amarraban luciérnagas gigantes en las botas para ver por donde caminaban.
Esta novela, escrita lejos de allí, en Verona o en Turín, Salgari recurría a una palabra bastante linda para describir a un tipo de luciérnaga grande de esos lugares: “cocuyo”. De hecho, así es como suelen referirse a las luciérnagas en Venezuela: cocuyos.
Un filibustero le dice al Cosario Negro, Signore di Ventimiglia: “nos ataremos dos de estos cocuyos a las piernas, como hacen los indios y, con la luz que despiden podremos ver, no tan sólo las lianas y las raíces que embaracen el camino, sino también las peligrosas serpientes que se oculten entre las hojas”.
Salgari no ahorraba detalles en sus novelas de aventuras y decía que “aquellas luciérnagas, que son las más hermosas de todas” despiden luz azulada que se torna verde pálido cuando son adultas. Son conocidas como “pyrophorus noctilucus”.
En estos tiempos la pregunta “¿cuándo fue la última vez que viste una luciérnaga?” tiene un sentido casi místico. La pérdida de hábitats, la contaminación lumínica, los pesticidas, y seguramente muchos otros factores amenazan a estos seres portadores de luciferina.
En un futuro próximo quizás ni siquiera los filibusteros puedan responder esta pregunta.
Texto de Luis Córdova
Foto principal realizada usando Gemini de Google

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