Las ovejas eléctricas
Recuerdo la primera vez que vi a Rick Deckard. Llovía en esa ciudad habitada por un futuro sucio. Sentado frente a un vendedor de fideos se lamentaba de su profesión: un Blade Runner, un matador de replicantes.
«En los diarios no hay avisos para contratar asesinos”, pensaba Deckard en las primeras escenas de una película que dio una vuelta de tuerca a la ciencia ficción y que además puso en evidencia la existencia de una obra literaria poco conocida en ese momento, en cuyas laderas pastaban ovejas eléctricas.
El escritor de la novela que dio origen a la película “Blade Runner” (1982) tenía serias dudas sobre lo que significaba la realidad. Fue mucho antes, en 1968, cuando Philip Kindred Dick publicó el libro que hablaba entre otras cosas de la relación entre un asesino de androides y su oveja eléctrica. Después de todo el título original de esta historia es “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (Do androids dream with electric sheep?).
En la novela el futuro comienza una mañana de enero de 1992 cuando Rick Deckard tiene otra discusión con Irán, su esposa. “Aparta tu grosera mano de policía”, dice ella. Él aclara “no soy policía”. Entonces Irán responde: “eres peor… un asesino contratado por la policía”.

“En la vida nunca he matado a un ser humano”, responde Deckard, cazador de androides. Tras la pelea se coloca un protector genital de plomo y sube al tejado del edificio, donde pasta su oveja eléctrica. Allí “el aire de la mañana, lleno de partículas radiactivas que oscurecían el sol, ofendía su olfato”.
Philip K. Dick (la K es indispensable) solía situar la parte más conflictiva de sus novelas de ciencia ficción en la exploración del espacio interior. Ahora que su obra es objeto de estudio se lo recuerda como una persona compleja, con paranoias y alucinaciones incluidas. Solía argumentar que la realidad está manipulada, y aunque eso nos afecta, no nos damos cuenta.
Fue pionero de la ciencia ficción “ciberpunk”, término que aún no había sido acuñado cuando él escribía. El ciberpunk traspasa de la literatura al cine, el arte, los videojuegos… y según la definición oficiosa (Wikipedia dixit) contiene “visiones distópicas del futuro en las cuales se combinan la tecnología avanzada con un bajo nivel de vida”.
Dick falleció apenas unas semanas antes del estreno de “Blade Runner” aunque alcanzó a ver parte de la producción. No logró conocer la fama que vendría después, la valoración de su obra, nuevas ediciones en varios idiomas, varias películas inspiradas en sus libros.
“Todo lo que puedo decir es que el mundo de ‘Blade Runner’ es donde realmente vivo. Allí es donde pienso que estoy”, comentó Dick quien alcanzó a ver parte de la producción de la película antes de su muerte. “Es un mundo donde vive gente. Y los autos usan combustible y son sucios y hay una especie de lluvia cayendo y es brumoso. Es terriblemente convincente”, opinó el escritor.
Deckard es contratado por la policía para eliminar androides que regresan ilegalmente a la Tierra desde colonias espaciales. Se trata de modelos Nexus-6, de una rara perfección, con una limitante: viven solo cuatro años. Pero son máquinas inteligentes y eventualmente quieren ser libres.
Como suele ocurrir, existen diferencias entre la película, que ha sido vista por una impresionante cantidad de gente en todo el mundo, y el libro, mucho menos conocido.
A diferencia del libro, que sitúa la acción en San Francisco en 1992, la película lo hace en Los Ángeles en 2019. A nadie se le escapa que ambas fechas pasaron hace tiempo, y aún tenemos la sensación que el futuro de los autos voladores y los viajes al espacio están lejos de suceder. Aunque si es verdad que en 2020 tuvimos una pandemia con ecos distópicos…
La novela contiene elementos que contribuyen a generar una atmósfera más ruinosa y pesimista, y deja claro que todo sucede en un planeta colapsado, que es abandonado por los más aptos y saludables. Para quienes aún permanecen en la Tierra el mensaje es: “emigra o degenera”.

Tras una guerra radiactiva que extinguió casi todas las especies los animales verdaderos son escasos y por lo tanto muy codiciados, un símbolo de estatus con precios exhorbitantes que sólo unos pocos pueden permitirse. La alternativa son los animales eléctricos. Imitaciones excelentes capaces de engañar a cualquiera, menos a sus dueños.
Deckard vive con la obsesión de reemplazar su oveja eléctrica por algún animal de verdad, y ese es el principal motivo por el cual acepta matar androides, para juntar el dinero.
Un elemento interesante de la novela es la presencia de una especie de sentimiento religioso llamado «mercerismo». Mediante unas consolas las personas pueden conectarse a una red (aunque no aparece calificada como tal) y compartir el sufrimiento. Así los humanos son partícipes de un ejercicio de identificación con los demás, de una empatía que es imposible de lograr para los androides.
Además los humanos son dependientes de la conexión con un aparato definido como el «órgano de ánimos» al cual puedes bajarle el nivel hasta que te haga perder la conciencia, o subírselo para enfrentar mejor los desafíos del día a día. De esa manera logran resistir una vida de mierda.
Cuando Deckard no está conectado aflora el odio hacia su oveja eléctrica, «que debía cuidar y atender como si estuviera viva” para disimular ante los vecinos. “Ella no sabe que yo existo”.
La novela, publicada cuando aún salían nuevos discos de The Beatles, París era zona de protestas, la guerra de Vietnam estaba en pleno desarrollo y se masacraban estudiantes en una plaza mexicana, tiene un argumento complejo. Y los personajes son generosos en sus miserias y muy poco poéticos en sus sentimientos.
Deckard es un exterminador que se deshumaniza, mientras los androides son percibidos cada vez más como humanos.
Los cazadores de androides también dudan de su propia humanidad y a Deckard le sucede. Se deja tentar y va a la cama con la protagonista femenina de la novela, la androide conocida como Rachael: “Rick la desnudó dejando expuestas sus nalgas claras y frescas”. Y Rachael: “no te vas a acostar con una mujer, no te decepciones, ¿quieres? ¿alguna vez has hecho el amor con una androide?”.
Después Deckard le confiesa que si fuera una mujer real abandonaría a su esposa. Pero todo ha sido una trampa de Rachael quien le asegura que se acostó con otros ocho o nueve cazadores antes y ninguno pudo exterminarla. “Esa tristeza, eso es lo que busco”.
Sin embargo la trampa no funciona. «Los androides son estúpidos», opina Deckard, cuyas dudas se han disipado.
Pasaron unos años antes que la película “Blade Runner”, estrenada el 25 de junio de 1982, mostrara en pantalla esa ciudad de Los Ángeles en 2019 con edificios piramidales que empequeñecían a los rascacielos actuales, iluminada por carteles de publicidad en movimiento y por explosiones de origen desconocido. El porvenir. Y la música de Vangelis ayudaba a sumergirse en ese mundo.
El futuro se diluía cuando la cámara bajaba hacia la noche permanente de las calles donde los muebles, las oficinas, las ropas, parecían cosas provenientes del pasado o del presente. Aún así la sensación de cambio era poderosa porque entraba en escena una sociedad producida por fusión y fisión cultural, un fenómeno que ahora es perfectamente comprobable. Se veía caótico. Entonces, aparecía un auto volador.
A comienzos de los años 1980 el mundo aún estaba sometido a los vaivenes de la Guerra Fría. Hubo un campeonato Mundial de Fútbol ganado por Italia con goles de Paolo Rossi. En América Latina comenzaba la «década perdida» de la economía. Además, las dictaduras militares eran lamentablemente frecuentes en la región. Hoy parece lejano pero no lo es.
La taquilla cinematográfica estaba liderada por otra película de ciencia ficción completamente distinta: “ET, el extraterrestre”.
El estreno de “Blade Runner” no detonó un acontecimiento cinematográfico. Pero con los años la película se transformó en objeto de culto. La difusión por video, los reestrenos, los productos derivados de esa historia, los análisis, estudios y discusiones sobre su contenido alimentaron un fenómeno. ¿Por qué? La atmósfera del film, la escenografía, la visión del futuro noir, el dilema vital de los androides, o la sensación voceada por muchos de que era una obra maestra.
El director Ridley Scott ya había hecho Alien, otra impactante obra de ciencia ficción. El nombre definitivo no venía de la novela de Dick sino de la historia “The Bladerunner” de Alan Nourse. Además, Scott declinó usar el término “androide” del original y optó por “replicante”.

En un libro de comentarios sobre la película publicado por editorial Tusquets el cubano Guillermo Cabrera Infante sugiere que en la película «el futuro es de lo más odioso».
En 1993 Scott lanzó una «versión del director» bajo el alegato que en el original debió complacer a sus productores con un final feliz. Aparecen detalles que enturbian la trama: Deckard sueña, por ejemplo sueña con un unicornio, y sus sueños son conocidos por otro asesino que lo acompaña como una sombra, Gaff.
El dilema: ¿acaso el Blade Runner, Rick Deckard, es un replicante con memoria implantada que lo hace creerse humano? ¿Y Gaff lo sabe y por eso le deja un origami con forma de unicornio? Grupos de noticias en Internet albergaron encendidos debates sobre este tema, algunos duraron años.
A fines de 2007, en medio de una intensa campaña publicitaria para la difusión del “corte final” de “Blade Runner” a modo de celebración de los 25 años de la película, con algunas escenas adicionales e imágenes muy refrescadas, la sospecha fue confirmada nuevamente por el director: Deckard es un replicante.
Pero todo se complicó después… Fue tal el impacto de esta película que en 2017 vino la inevitable secuela, “Blade Runner 2049”. Esta vez el futuro era de colores muy nítidos, pero además Deckard había envejecido y al parecer no soñaba con ovejas eléctricas… Fuera de eso el planteamiento principal fue… quizás menos interesante, o más inverosímil (y perdió esa conexión tan importante en la ciencia ficción), o lacónico, o aburrido: que si los androides, como Rachael, podrían tener descendencia.
Para quienes vieron y disfrutaron la película original, por más secuelas que haya con efectos especiales de última generación, es imposible olvidar esa escena protagonizada por Roy Batty, el más poderoso de los replicantes Nexus 6, con su apariencia de ángel exterminador, sus ojos implacables, la fuerza inhumana de sus circuitos.
Y con la impotencia de no poder vivir más pues estos replicantes, hermosos y perfectos, han sido programados para existir por un máximo de cuatro años. Atraviesa su mano con un clavo para sentir algo cuando la vida se le va. Pero no siente nada.
Entonces recuerda su corta vida de aparato fabricado, las cosas que ha visto en el espacio exterior donde probablemente era un trabajador esclavo. Y pronuncia poética y agónicamente las palabras (quizás) más famosas de la ciencia ficción y una de las citas más citadas del cine:
«He visto cosas que ustedes no creerían… naves de combate en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».
La discusión provocada por “Blade Runner” y antes por la novela no es banal, en especial para tiempos como los actuales cuando vivimos el alumbramiento de inteligencias artificiales y robots humanoides cada vez más asombrosos.
Entonces, ¿qué significa ser humano? ¿es realmente tan importante? ¿acaso los androides de última generación son tan humanos como los humanos? ¿Puede un humano enamorarse de un replicante?
Preguntas sin respuestas definitivas. Al igual que esa otra pregunta al comienzo de todo: ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Texto de Luis Córdova
Foto destacada: realizada con Gemini, la IA de Google. Solo le pedí una oveja eléctrica ciberpunk.
Este artículo fue escrito en la segunda mitad de los 1990 en principio para la revista chilena «interr@», luego apareció en otros formatos, estuvo en un blog. Esta versión ha sido editada en 2026.

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