Podemos medir el tiempo, pero no sabemos detenerlo y ni siquiera logramos definirlo de manera satisfactoria. Está en todas partes, pero su naturaleza es escurridiza. Pensaba en esto manejando hacia el taller mecánico mientras el año terminaba para siempre. Una vez más el automóvil requería reparaciones. Pero no importaba porque este automóvil en realidad era una máquina del tiempo.
Apareció de repente en un aviso clasificado cargado de una relatividad inquietante: todo había cambiado en las últimas décadas, las personas, el espacio, el mundo. A pesar de eso esa máquina, un VW Karmann-Ghia negro, parecía la misma, indiferente a las ondas o a los rayos o a las espirales de los años, a las horas, los minutos y sus secuaces infinitesimales.
Hay una foto que sirvió para alimentar las especulaciones sobre esta anomalía temporal. Tanto el automóvil como el niño de la foto de a la izquierda superaban el medio siglo de existencia en la foto de la derecha. Sus certificados coincidían en el año de nacimiento: 1961.

En el caso del niño-adulto el paso del tiempo es implacable, las diferencias con el niño de la izquierda son enormes. La madre ha mutado menos pero también es otra. Con respecto al Karmann-Ghia el mecánico limeño, cuyo nombre es Abraham, es más cruel al desarmar el tren delantero del carro: «esto está muy viejo”.
Pero pese a ese veredicto, es casi igual en ambas imágenes…
No siendo amante de los carros, el gran motivo para comprar este Karmann-Ghia había sido la foto original de la izquierda tomada en Washington, tal vez de 1964. No la tenía pero la recordaba (y después la recobré). Sabía que estaba en esa foto con mi madre. Recordaba la existencia de ese automóvil con la imprecisión de los recuerdos de la primera infancia. También conocía la leyenda familiar según la cual cuando volvimos a Sudamérica mi padre dejó el carro estacionado en el aeropuerto con las llaves adentro y llamó a un amigo para que fuera a buscarlo y se lo quedara.
En el episodio siguiente, un Karmann-Ghia gemelo, casi idéntico pero diferente, pues sería demasiado pretender que fuera el mismo, apareció en un aviso de internet en Lima. Apenas lo vi trajo evocaciones y me puso a pensar el paso de los años. En cómo era posible que ese carro pareciera el mismo (aunque no lo fuera). Poco a poco los achaques mecánicos del automóvil tuvieron solución.
Lo que no tiene solución es el misterio del tiempo. Si en el espacio, al cual está espaciotemporalmente hermanado el tiempo, hay distancias… ¿en el tiempo qué hay? La definición de la Wikipedia no ayuda: en física, el tiempo está definido por su medición, el tiempo es lo que marca el reloj.
Hace unos 13.700 millones de años una gran explosión causó el nacimiento del tiempo. Y en una billonésima de segundo surgió el espacio. Esto ha salido en los diarios. Eso fue lo que el universo demoró para expandirse a dimensiones que superan lo que nosotros podemos ver (y comprender). La energía se transformó en materia. 400 millones de años después, que no sé si fue mucho o poco, surgieron las primeras estrellas.
El tiempo, es un misterio casi tan grande como el de la nada, que puede llegar a ser obsesivo, en especial para los niños. ¿Cómo es la nada? es la pregunta, sabiendo que cualquier respuesta es una negación misma de la nada. Pero la pregunta puede quitar el sueño. Y por cierto, antes del tiempo, ¿qué había? ¿existía el espacio? ¿o no había nada? ¿o había nada, mejor dicho?
Todas estas dudas parecen resueltas por el hecho que desde el comienzo de las civilizaciones hemos contado con mecanismos para medir el tiempo, por ejemplo mirando al sol. Pero las dudas arrecian, ¿uno mide el tiempo, o simplemente cosas que ocurren, como puede ser la rotación de un planeta? Lo cierto es que, según nos cuentan, si uno sale del planeta la medición del tiempo es diferente.
Entrar en las discusiones de la física sobre el concepto del tiempo es complejo para quienes no somos iniciados. Hay quienes sacan cálculos para hipotéticas máquinas del tiempo desafiando lo aparentemente imposible. Hablan que si del concepto de Newton y la visión más compleja a partir de Einstein, que si la física cuántica, el campo gravitacional y… los viajes a la velocidad de la luz. ¿Cómo es eso que los astronautas que fueran a dar un paseo a la velocidad de la luz volverían en el futuro? ¿no es esa realmente una máquina del tiempo?
Las preguntas de los legos son infinitas, aunque el concepto de infinito está devaluado.
Uno de esos días encontré un artículo de interés atemporal en el NYTimes, llamado ‘El tiempo que creíamos conocer’ de Brian Greene.
Si uno aborda una nave espacial que viaja a 99,999999 por ciento de la velocidad de la luz durante seis meses y regresa a la Tierra a la misma velocidad, tu reloj funcionará más lento que el de tus colegas terrícolas, de modo que tú serás un año más viejo, pero en tu querido planeta habrán pasado 7.000 años. Es decir, habrás viajado al futuro, sin importar dónde hayas ido, espacialmente hablando. Link: http://www.nytimes.com/2004/01/01/opinion/the-time-we-thought-we-knew.html
Otra perla sobre este tipo de relatividad tiene que ver con los aceleradores de partículas tan de moda últimamente. Se disparan protones y electrones casi a la velocidad de la luz, lo cual desacelera sus relojes, y entonces, ¿viajan al futuro? Claro que ‘tu’ reloj o el de las partículas no es como el Rolex o el Seiko, ni siquiera el de Greenwich ni uno de esos relojes atómicos. Mide el paso del tiempo, pero no te da la hora.
Greene se rinde ante la evidencia de que la experiencia está dominada por el tiempo. ‘Pero, ¿qué es el tiempo?’ se pregunta. Y responde, antes de iniciar sus elucubraciones, que el concepto del tiempo que manejamos en nuestro día a día es ‘ilusorio’. Y ojo no se refiere a la impuntualidad.
A comienzos de 2010, como si fuera un presagio, desperté en la mitad de la noche y fui a apagar la luz en el cuarto de mi hijo, en Santiago. En el momento en que tocaba el interruptor los vidrios comenzaron a temblar, el concreto crujía, se oían caer los vidrios y a lo lejos veíamos explosiones, los dos abrazados debajo de un dintel.
¿Cuánto tiempo duro el terremoto en Chile? Las medidas oficiales parecen irrelevantes, el tiempo tiene otra cualidad en esos momentos. Se estira. Y luego el recuerdo se va difuminando. Ya pasó un año y a veces parece que fue un sueño.
Fuera de las dinámicas propias de un mundo en permanente convulsión aún más allá de los terremotos, están las historias personales que parecen recorrer una delgada línea constantemente jalada para un lado o para otro por acontecimientos inesperados o provocados o impensados.
Cuando el Karmann-Ghía llegó de regreso a mi vida despreciando el paso del tiempo se había producido la partida de R, que ni siquiera imaginábamos un año antes, y que fue una parte tan importante de mi vida desde que era un niño. Sentí como si la realidad se hubiera desestabilizado. Mi sensación no tenía nada que ver con el espacio, estaba llena de tiempo. Quizás por eso la canción de la Sonora Ponceña que alude a nuestras vidas dice: «remembranzas de un pasado que ha empezado ayer».
Desde luego que el verdadero misterio del tiempo, el que experimentamos los humanos en ese día a día, es siempre ilusorio. ¿Por qué pasa más lento cuando somos más jóvenes? ¿por qué demora tanto cuando estamos aburridos? ¿por qué va tan rápido cuando estamos atrasados? ¿por qué la felicidad se acaba tan rápido? ¿en qué momento pasaron todos estos años? Y nos reafirmamos: el tiempo vuela, el tiempo es oro, el tiempo pasa, el tiempo nunca vuelve, el fin de los tiempos. ¡Tiempo libre! Antes, después, pasado, futuro.
A ratos provoca olvidar las mediciones convencionales y cambiar las horas por los momentos. O reivindicar esa parte más pequeña del tiempo, su partícula más pequeña, que es en realidad un instante.
El instante es relevante porque no es una medición simple, es una apreciación cualitativa: se fue en un instante, duró un instante, o como también el instante mucho más intenso que relata Anne Sexton en su famoso poema, y que también forma parte de la historia del tiempo:
Este hombre,
esta mujer
con el hambre de ellos dos,
han tratado de correr
la cortina de Dios,
y por un instante lo lograron,
aunque Dios
en su perversidad
desata el nudo.
Los antiguos griegos, que parecían tener bastante tiempo para pensar en estas cosas, se inventaron (si es que no existió en realidad) un ser mitológico: Chronos. Aparece en las estatuas alado, con una barba larga como correspondía a los sobrenaturales: era la personificación del tiempo.
Divagando sobre el tiempo poético y mítico, me asalta también la memoria la palabra otrora, tan poco usada, que significa «en otro tiempo”.
Pensado en todas estas cosas regresé al Karmann-Ghía que estaba allí, listo para rodar de nuevo, con mi madre en el asiento del pasajero como sucedió hace años. Un tiempo que sobre esta máquina es al mismo tiempo otrora y ahora.

Epílogo:
Este artículo fue escrito en Lima en 2011 y esta edición es de 2026, en Santiago. En las fotos, María Cristina Sanhueza “Titina”, y Luis Córdova Sanhueza.
La foto destacada es propia y muestra el reloj que está dentro de la catedral de Burgos en España.
El Karmann-Ghía de la foto fue traspasado poco antes de la pandemia y según me han dicho se fue a Arequipa.

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