Bumeranes

El lanzamiento de bumeranes es un deporte solitario: hay un diálogo con el viento, una coreografía para ponerlo en movimiento, luego vienen el vuelo y la contemplación, y después el retorno al punto de partida que genera una metáfora muy poderosa. Los pensamientos, las ideas, van y vienen, a toda velocidad.

Vale la pena recordar que para practicarlo solo se necesita una persona y un bumerán. Después de lanzar durante un rato queda el cansancio del brazo. Pero además está el raro alivio que produce una actividad con una descarga casi sentimental. 

Cuando el boomerang regresa las primeras veces, en ese breve instante, se experimenta algo parecido a la felicidad. Es importante hacer notar que algunos bumeranes dicen “guaranteed to return”, pero eso no es cierto.

Todo esto lo anoto después de haber lanzado bumeranes o boomerang los últimos días. Es un deporte que practico hace varios años. En Venezuela, Chile, Italia, Suiza, Brasil, Perú. Los menciono, porque son lugares a los que también he regresado.

Esta vez fue en Ginebra. Antes he vivido aquí. Fue una de esas cosas que te ocurren sin planificarlo. Ahora cuando vuelvo tengo un sentido de pertenencia. Inesperado, debo decirlo. Y recuerdos, algunos mejores que otros. Pero algo que siempre hice en esta ciudad fue lanzar bumeranes.

Durante la última semana, entre lluvia y lluvia, fui a lanzar al campo de césped detrás de la Organización Mundial de Comercio, junto al lago Lemán. 

Ví al frente, en la otra orilla, las colinas sembradas de mansiones donde también estaba la del doctor Frankenstein, o más bien la casa arrendada por Lord Byron donde Mary Shelley escribió la primera versión de la novela. Más allá pasando la ciudad vieja está el cementerio donde fue enterrado Jorge Luis Borges, y en una colina en el centro la iglesia rusa que aparece nombrada en ese cuento donde Borges se encuentra a si mismo más joven. Eterno retorno.

Busco ‘Borges’ en Gmail y encuentro el fragmento de una carta que escribí hace un tiempo: «La tumba de Borges está a una cuadra de mi casa debajo de una haya, o al menos creo que ese es el nombre de un árbol que parece pino pero tiene unas pequeñas frutas rojas. Toda la lápida está rodeada este otoño por frutas caídas. Al frente hay un banco donde te puedes sentar, e incluso quedarte ahí hasta que cae la noche a las 5 de la tarde, y entonces te das cuenta súbitamente de donde estás: en un cementerio. Un hermoso cementerio, un jardín lleno de preciosas semillas».

Siempre llevo un par de bumeranes en la maleta por si encuentro el momento y el lugar donde lanzar. El viento de primavera, como el de esta semana, suele hacer más grande el desafío porque es fuerte y cambia. Al principio cuesta lograr el regreso, se corre mucho, pero poco a poco se empiezan a comprender las corrientes de aire, a entender la forma en que soplan, a aprovechar diferentes intensidades. De pronto, el bumerán comienza a completar su periplo en todos los lanzamientos.

Al soltarlo rota a toda velocidad, se eleva ligeramente, según el viento y el lanzamiento puede subir aún más, luego viene la curva y finalmente el regreso. Se lo ve llegar. Los regresos son diferentes, a veces terminan dóciles, otras veces vienen veloces directo hacia donde estás y entonces se agarran entre las dos manos como si fuera un aplauso. Una mala agarrada puede causar golpes en los dedos o en el cuerpo. Y pueden ser dolorosos. 

Una de estas tardes me acompañó un amigo que tenía curiosidad por saber de qué se trataba lanzar bumeranes. Después de una larga hora finalmente logró hacer volver al bumerán. En esos momentos uno se percata de lo poderoso que es ese regreso y de la alegría que puede producir. 

Los bumeranes se me aparecieron por casualidad. Estaba en Roma en 1992, y durante un paseo por el mercado Porta Portese conocí un sudamericano recién llegado de Australia que tenía un puesto improvisado y me vendió los primeros bumeranes, me explicó como lanzarlos y me habló del viento. Fue así de casual.

Con intervalos variables siempre he practicado. Se requiere un espacio grande y debe estar vacío porque a menudo cuando uno comienza a lanzar los vuelos son impredecibles. Aunque los bumeranes de verdad son livianos, el peligro está asociado a su velocidad en medio de una trayectoria impredecible.

Se conoce poco sobre el lanzamiento de bumeranes, según he podido comprobar en diversas conversaciones. No son armas (aunque quizás en un pasado remoto si lo fueron). No se lanzan en posición horizontal (aunque es casi lo primero que hace una persona al agarrarlo) sino casi vertical, a 45 grados de donde viene el viento en contra (jamás a favor del viento). Además, son diferentes los bumeranes para diestros que los de los zurdos, y esto es importante, porque todo tiene que ver con la aerodinámica.

Gran cantidad de bumeranes que venden por ahí vuelan poco, o simplemente no regresan, o son de adorno para la pared y nadie lo advierte. Los mejores los conseguí en Lyon hace muchos años. Investigas y descubres que hay campeones, lanzadores de una precisión casi inhumana.

Las formas son diversas. Algunos tienen tres o cuatro patas y son prácticamente redondos. El clásico es curvado. Prefiero los que tienen la forma de letra griega omega porque van lejos, y el vuelo es bastante emocionante.

Ahora que escribo esto me doy cuenta que también estoy regresando. Otra vez la metáfora del bumerán. Pero la metáfora no funciona siempre pues hay cosas y momentos que no vuelven jamás, como todos sabemos.


Texto y foto: Luis Córdova

(Foto: Bumeranes en una playa en Paracas, Perú)


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