Postales del río Amazonas

Cuando miras el río Amazonas por primera vez sientes que llegaste a destino. Lo conocías, lo leíste, lo viste en fotografías y video, lo imaginaste, y de repente está ahí al frente, en toda su magnitud. El agua es marrón pues va arrastrando un largo recorrido, se divisa a lo lejos una orilla pero cuesta situarse… ¿Es una isla? ¿La otra ribera? 

La tenue ondulación sorprende al principio porque aporta una sensación de inmovilidad. Sin embargo esa sensación es falsa pues el río alberga fuerzas incomprensibles. Hay olas, mareas, corrientes desmesuradas. Y en momentos de furia arrasa con todo, la geografía muta.

En los embarcaderos se apiñan las embarcaciones: canoas, lanchas, barcos de madera, buques metálicos, balsas y hasta cargueros y cruceros de lujo. Desde mercados cercanos surgen aromas a pescado frito y farinha de yuca. A gritos ofrecen frutas: murucí, taperebá, acai, bacurí, acerola, guaraná, cupuazú, uxí, mangaba.

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Embarcadero en el río Amazonas

Algunos botes parten rumbo a lugares recónditos en “el interior”. Pueden tardar días. En el río Amazonas hay que tener paciencia con las distancias, todo está lejos.  

La totalidad del paisaje, la singularidad de la vida, producen la ilusión de estar en otro mundo.

Pero el río Amazonas tiene mucho que ver con este mundo. En la cuenca hay dos ciudades de más de un millón de habitantes y muchas otras menos grandes, pueblos, comunidades, aldeas, a veces casas solitarias incrustadas en la orilla de varios países.

Las riquezas amazónicas son legendarias y el río ha sido la gran puerta de entrada para extraerlas. Esas riquezas han sido argumento para explotaciones agrícolas, forestales, mineras, petroleras. También para tráficos e ilegalidades diversas. Y tiene efectos colaterales como marginalidad y aislamiento. Basura y desechos. Deforestaciones, incendios, conflictos, contaminación y trata.

Como se sabe también es la mayor reserva de agua, el mayor pulmón verde, el hábitat de innumerables especies, el más largo, el más ancho. El más grande. 

Las embarcaciones

La realidad se siente distinta en la cubierta de los navíos que recorren los ríos de Amazonas.

Las embarcaciones pequeñas son las más abundantes, canoas y lanchones con motores llamados “peque-peque” por el sonido que hacen cuando están encendidos.

En las rutas principales hay barcos de madera de mayor calado con una silueta que apela a la imaginería de lo fluvial. En Brasil se llaman “recreios”. Tienen dos o tres pisos. Algunos son hermosos, radiantes, otros están a merced del tiempo y de sus mohos.

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Un barco recreio en el embarcadero

Los recreios tienen barandas de madera, bodegas oscuras, motores ruidosos. Los timoneles van en la parte superior protegidos por un vidrio. De noche usan un reflector para alumbrar la superficie y evitar choques contra troncos a la deriva.

Los más grandes cuentan con unos pocos camarotes pero generalmente el viaje se hace en áreas comunes de “primera” y “segunda” (esta última cerca del motor y la carga) donde se duerme en hamacas. Casi todos los viajes implican más de un día, hasta una semana. O aún más… La hamaca se transforma en un hábitat.

Tanto en primera como en segunda los pasajeros colocan el equipaje en el piso. Los lugares para colgar las hamacas así como las secciones de hombres, mujeres y parejas están indicados, aunque en caso de alta demanda no se respetan.

En barcos repletos las cubiertas se transforman en una maraña de hamacas. Van colgadas unas junto a otras, pero cuando hay demasiada gente se colocan unas encima de otras en sitios inesperados.

Uno de los aspectos que más impacta en la apreciación de estos viajes es el número de baños y su limpieza, que no siempre es óptima. También la comida, monótona y muchas veces mal preparada. 

En general los recreios tienen una terraza. Los de tres pisos destinan esa terraza para esparcimiento y es allí donde se puede escapar del hacinamiento, mirar el paisaje sintiendo el viento amazónico, o beber una cerveza helada. La música casi siempre a todo volumen.

Memorias de barcos: el “Voyagers II”, con un capitán que asedia adolescentes prometiendo pasaje gratis para toda la familia o que baja sin contemplaciones a dos polizontes en una orilla despoblada. El “Nadson Jeanne”, más elegante, que en una noche borrascosa rumbo a Santarém se transforma en una cáscara de nuez y las hamacas deben ser desocupadas pues se mueven sin control. El “Capitán Pinheiro”, con paredes de madera labrada, una terraza bar con lambada y cubiertas totalmente llenas de hamacas, como si fueran un bosque de crisálidas. 

Del catamarán de ENASA cuando aún existía, en un viaje de una semana de Manaos a Belém, enorme, de cascarón metálico y al parecer sin límites para aceptar pasajeros, con baños colapsados y tantas historias juntas, todas tan diferentes. Durante esas navegaciones amazónicas te acostumbras a compartir recuerdos y anhelos con gente que nunca volverás a ver.

De barcos con nombres como “Fe em Deus”, “Flor do Día”, o que evocan la geografía regional, como “Boca do Juruá”.

Fluvialidades

El río Amazonas tiene más de seis mil kilómetros de largo desde su nacimiento en la cordillera de los Andes hasta la desembocadura en el Atlántico, de los cuales unos tres mil concentran la mayor actividad de navegación, entre la ciudad peruana de Iquitos y la brasileña Belem do Pará. 

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La superficie del río Amazonas

En el delta puede alcanzar un ancho de 350 kilómetros, y más arriba entre orilla y orilla puede haber entre 1,5 y 10 kilómetros. Todo puede cambiar en temporada de lluvias. Su pendiente en cambio es escasa. Esto facilita navegar río arriba.

La “cultura occidental” descubrió el río a mediados del siglo XVI cuando Francisco de Orellana llegó desde Quito en busca de “El Dorado”. Navegó hasta la desembocadura. Según la crónica en esa travesía fueron atacados guerreras mujeres, cual amazonas de la mitología griega.

Desde entonces la historia se ha precipitado. Vinieron las colonias, las disputas entre España y Portugal (y otros), el exterminio de indígenas, la crisis ambiental, el desarrollismo. El caucho creó fortunas y miserias en una cuenca que en tiempos modernos abarca nueve naciones. 

Desde zonas empobrecidas por la sequía, la falta de oportunidades o las injusticias llegaban los futuros amazónicos buscando fortuna.

Las migraciones no se han detenido. Ahora sueñan con oro y otros minerales preciosos o estratégicos, algunos con trabajos bien pagados en proyectos mineros o agrícolas de gran envergadura. Otros, sólo con sobrevivir. Con un pedazo de tierra para cultivar. No falta la pesca.  

En la parte brasileña los «caboclos» son los habitantes del río y sus tributarios. Viven en las orillas, son descendientes de migrantes, son navegantes, vaqueros y agricultores, son pobres, son garimpeiros, algunos han llegado a ser ricos, son estibadores, vendedores, pescadores, agricultores, emprendedores. 

Del recorrido por río Amazonas es posible llevarse la imagen de tormentas eléctricas, mosquitos y otros insectos, sol abrasador. De la mirada rara de buscadores de fortuna. De bazares turcos de ropa y hamacas,  gasolineras flotantes. De fiebre del oro, del manganeso, del guaraná. De fuertes antiguos con cañones oxidados, casas y callejuelas que fueron pensadas en otra época. De un teatro de ópera. De atardeceres, del aroma agrio a farinha. Del ruido de la lluvia.

De nombres de localidades como Islandia, Puerto Alegría, Caballo Coche o Iquitos en Perú. O Leticia y Puerto Nariño en Colombia. O Tabatinga, Tefé, Coarí y Manaus en el alto Amazonas de Brasil, conocido como Solimoes. O los nombres importados para la parte más baja del río: Obidos, Alemquer, Santarém, Almeirim, Belém.

Las tres fronteras

En medio del silencio de la noche el rumor del río Amazonas tampoco se puede escuchar. A ratos, sin embargo, la superficie se alumbra con relámpagos que ponen en evidencia una presencia abrumadora.

La llegada a Leticia es repentina. El avión procedente de Bogotá sobrevuela una extensa alfombra verde cuando de repente da una curva para aterrizar y el río aparece casi por sorpresa allí abajo.

Poco después en la orilla observando la oscuridad tormentosa una señora que parece entender comenta en forma espontánea “no va a llover, eso es seguro”. Minutos después se desata un aguacero. La lluvia cae durante 20 horas. Pero el río parece no darse cuenta. 

Leticia se muestra apacible la noche de lluvia. Una atmósfera espesa, presumiblemente fluvial, confirma la llegada hasta la zona de las tres fronteras donde confluyen Colombia, Perú y Brasil. 

En la ribera norte del río, justo al lado de Leticia, está la brasileña Tabatinga. Las dos ciudades practican una convivencia dinámica. Puedes dormir en un hotel en Leticia e ir a cenar a un restaurante en Tabatinga. 

Terminar por ejemplo en el bar de Cosme, de perfil griego, nacido y crecido en la zona, quien al hablar del pescado que ofrece en el menú termina contando como cuando era niño su padre salía de noche a pescar pirarucús que podían pesar 200 kilos. Era épico: iba parado en la proa de una pequeña canoa con un arpón en la mano.

«Aquí la vida es dura, mucho más que en las ciudades», comenta Cosme. “Pero todo el mundo come, al menos pescado, plátano, yuca”.

En la ribera sur la ciudad brasileña de Benjamín Constant se ve más consolidada. Es el puerto desde donde salen barcos de pasajeros río abajo. Justo al frente está Perú, el pueblo se llama Islandia, con casas sobre palafitos y una bandera hecha jirones estirada por el viento.

Es frecuente encontrarse con personas que mezclan las nacionalidades, que hablan portugués y español de ida y vuelta. Canoas, lanchas y barcos de diverso tamaño comunican todos estos puntos de los tres países.

Foto L Cordova
Llegando con frutas al mercado

Como en el resto del río, mucha gente vive de agricultura y pesca. Frutas raras, o de dimensiones irreales, pueblan los mercados de Leticia y Tabatinga. Hay decenas de variedades de peces, con nombres que recuerdan el origen de las cosas: pirarucú, tucunaré, jaraquí o tambaquí.

«Si ya no me quieres te corto la cara / con una navaja / de esas de afeitar». La canción de las hermanitas Calles retumba en el mercado de Leticia, donde desde la madrugada ofrecen desayunos humeantes. Del embarcadero zarpan botes que pronto se pierden en el horizonte.

Leticia fue una misión. Más tarde Perú fundó un poblado fronterizo en 1867, pero el territorio fue cedido a Colombia en un acuerdo limítrofe en la década de 1920. En 1932 las dos naciones protagonizaron escaramuzas que terminaron en una guerra, confusa y trágica como todas las guerras.

La ciudad también fue conflictiva en los años 70 cuando según cuentan sin nostalgias algunos lugareños estaba tomada por traficantes. “La plata corría por las calles”… Hubo una bonanza. Pero también asesinatos todos los días.

«Era muy duro. Una vez llegó la policía y disparaba desde los aviones, entonces a mi me pusieron 55 kilos a la espalda y me dieron la orden de escapar. Si llevaba la mercancía me disparaban, y si no también», recuerda un taxista.

Es evidente que aún circula dinero en Leticia. Cerca del mercado hay varios locales dedicados al cambio de monedas: pesos, reales, nuevos soles, dólares, euros. En Benjamín Constant, apenas cruzando el río, es muy difícil cambiar divisas.

Parte del movimiento económico proviene de actividades como venta de pescados de Amazonas para la exportación. También de cultivos de alto valor. Pero basta revisar diarios locales para intuir que se sospecha de movimientos menos visibles pero más lucrativos en la zona.

En Leticia se cuentan historias y leyendas. Como esa sobre la casa en una hacienda misteriosa que seria propiedad de un poderoso narco. O la otra sobre un gringo que hace años uso sus barcos para traer una discoteca desde Miami pedazo a pedazo.

También cuentan que el nombre de la ciudad lo puso un ingeniero cuya novia se llamaba Leticia Smith. Hablan de un guía llamado Alberto, un Tarzán moderno que salió en televisión cuando nadaba decenas de kilómetros por el río. O de los gringos que según el decir de la gente aparecen a veces por la ciudad y pertenecen a una base no tan secreta en la selva.

En el zoológico de Leticia, mientras tanto, don Luis lucha cada día para mantener la colección de animales. Junto a sus ayudantes usan un palo para empujar kilos de carne dentro de una boa descomunal, como si estuvieran cargando un cañón. La boa es vieja, está demasiado aletargada para alimentarse sola. «Si no le damos de comer así la serpiente se nos muere”. 

Los taxis recorren unos 2 km de la avenida Internacional hasta Tabatinga, donde hay menos asfalto, menos luz, menos agua, y más pobres. También hay más bares. Y está la oficina policial donde sellan el pasaporte para entrar a Brasil.

A mediodía un sol inclemente acecha en las calles de este confín brasileño. Un barco de unos 20 metros de largo cruza hasta Benjamín Constant, desde donde zarpan otros barcos más grandes hacia la gran ciudad del Amazonas, Manaos, y puertos intermedios.

Las calles de Benjamín Constant son polvorientas. Aquí y allá es evidente la presencia militar brasileña. En las cuadras al borde del embarcadero el movimiento se concentra en torno a los bazares donde se puede comprar casi de todo. Hay hamacas “Ipanema”.

Justo al frente ondea la bandera peruana en Islandia.

Habitantes de la orilla

Todos los días Norberto Angel sueña con el futuro. Es su secreto mejor guardado. Su imaginación vuela hacia el mundo desde un pequeño poblado al borde del río Amazonas, uno donde cualquier pensamiento sobre el porvenir es un desafío a la realidad.

Norberto es ticuna, al igual que la mayoría de la población de Puerto Nariño en Colombia. «Aquí se vive tranquilo, así», dice señalando el lugar donde nació, que parece un jardín. Al atardecer los niños saltan al río.

No es una región demasiado poblada, el transporte no abunda. Aunque si paran las lanchas rápidas que navegan entre Iquitos, en Perú, y Leticia, en Colombia.

Foto LCordove
Al caer la tarde cerca de Puerto Nariño

En la zona habitan indígenas ticunas, yaguas, cocamas y huitotos, dedicados a la pesca y al cultivo de frutas y vegetales. Los huitotos tienen su propia explicación para el lugar donde viven: en el principio todo era selva, pero un inmenso tronco derribado creó el río y sus ramas son los afluentes.

Desde el río constantemente se desprenden riachuelos (también llamados igarapés). Pueden reservar una sorpresa, como el ruido casi insoportable de millares de pájaros o el sendero que conduce hacia una pequeña comunidad.

En un caño así se inicia un estrecho camino que atraviesa una comunidad yagua. Muestran sus cerbatanas de unos dos metros de largo cargadas con dardos envenenados. Hay mariposas enormes y un insecto volador que tiene una cabellera blanca colgando detrás, como un dragón chino.

En Puerto Nariño no hay vehículos. La localidad de unos dos mil habitantes está ubicada en un brazo de río salpicado de islotes. Por la tarde cuando baja el calor las canchas deportivas se llenan. Pero a las siete llega la luz, cada noche por tres horas, y todos corren a ver televisión.

Norberto Angel tiene 17 años y es una de las 12 personas de su generación que completaron la escuela. Le quedan dos años más para terminar bachillerato y deber ir a Leticia para hacerlo. Nunca ha vivido lejos de su familia pero no tiene miedo. «Ya hay muchos que han ido», cuenta. Sólo unos pocos regresan. El mismo no quiere volver, quiere ver que hay más allá, quiere estudiar más, quiere trabajar en algo distinto.   

A mediodía un olor agrio invade el pueblo. En la parroquia están preparando la farinha hecha de yuca (mandioca). En Puerto Nariño la comen todos los días, con pescado y plátano.

En la zona impera la economía de subsistencia. Cada familia produce para comer. Tienen tierras monte adentro o en la isla del frente y además salen a pescar. El exceso se vende. El dinero se usa para comprar arroz, refrescos, cerveza. La persona más rica del pueblo es el dueño de la tienda que también tiene la gasolinera para los botes. El edificio más grande es un hotel de madera.

Al atardecer, el sol rasga Puerto Nariño y sus paisajes amazónicos. Una brisa fresca ayuda a vivir.

El regreso a Leticia es rápido. La corriente río abajo es lenta, pero segura.

Ciudades ocultas

En medio de la noche un barco se detiene en pleno río Amazonas. De pronto una canoa se materializa junto a la baranda de estribor. Los pasajeros la abordan bajando por una escalerilla de cuerda cargados con sus equipajes. Luego se desvanecen. Van hacia la ciudad brasileña de Tefé.

La embarcación se llama «catraia» y es impulsada por un motor «peque-peque«. Cada noche esas embarcaciones esperan horas a los grandes barcos que pasan por el cauce principal del río con el fin de recoger pasajeros que van hacia la ciudad incrustada en un lago.

La canoa avanza por un afluente estrecho. El patrón de la “catraia” que maneja el motor desde atrás pasa una linterna al pasajero ubicado en la proa. «Alumbre bien y avise que si chocamos contra algo nos caemos todos al agua…», grita en un portugués cerrado, volatilizado por el viento.

La luz es débil y los troncos son peligrosos. En época de lluvias los ríos y riachuelos del sistema amazónico están repletos de maderas a la deriva. Pero aquí además hay otras canoas que surgen desde la nada y sin ninguna luz. Van a pescar.

Al final del recorrido está Tefé. Desde la noche se divisan los focos y las siluetas portuguesas de algunas edificaciones. Está ubicada en uno de los grandes lagos que existen a los costados del río Amazonas, se dice que la intención de sus fundadores fue la de buscar protección.

Pero la sensación de aislamiento es falsa. De hecho, sus embarcaderos siempre están llenos y hay canoas y “recreios” que salen directamente desde allí río arriba y río abajo.

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Canoa con piñas

La mayoría de estos poblados del alto Amazonas, llamado Solimoes en Brasil, tuvieron su origen en misiones fundadas a fines del siglo XVII. Uno de las principales figuras fue el jesuita checo Samuel Fritz, quien además trazó el primer mapa detallado del río.

En 1718 pobladores de varias misiones ubicadas en el río y por lo tanto mas expuestas a las hostilidades se trasladaron a ese lago interior. En el principio fue eso, una misión, y luego una localidad de agricultores y aventureros.

En la segunda mitad del siglo XIX Tefé era la ciudad más poblada del Solimoes. Tenía su burguesía, sus jardines municipales, y se vendían productos exóticos como plumas de garza, nueces del Brasil o manteca de tortuga. Estaba en el epicentro de la fiebre del caucho que además de dinero trajo esclavitud y muerte.

El tiempo ha pasado en el lago. Aunque por la carga y descarga de los barcos es visible que Tefé tiene bastante actividad económica, el deterioro social de la América latina de fin de siglo también ha llegado a esta remota ciudad de unos 50 mil habitantes.

Más allá del embarcadero el centro esta sembrado de edificaciones sin mucha solidez ni historia con aguas estancadas por todas partes. Los pájaros más visibles son los buitres. El lago no se ve limpio en esta orilla aunque los niños parecen inmunes y se bañan felices.

Navegando un poco más hacia el este, es decir bajando por el río unas 12 horas, está ubicada otra de las ciudades ocultas del Solimoes, Coarí, famosa por sus frutas. Cada año se realiza allí una «festa da banana”.

Coarí es distinta a Tefé. La ciudad es más pequeña, está bastante limpia, y conserva mucho mejor la arquitectura del pasado. Su economía es menos dinámica y su crecimiento ha sido un poco más pausado: la villa fue declarada ciudad hace sólo unos 70 años.

Zequinho nació allí hace 64 años y dice que no se mueve por nada del mundo. Ahora vende cafezinho en la puerta de su casa y conversa con la gente sobre su esperanza de que algunas cosas cambien con la llegada de nuevas autoridades.

«Antes esto era maravilloso, teníamos campo de fútbol con pasto, hasta banda de música. Ahora, no hay ni siquiera banda de música», se lamenta. Pero considera que las cosas pueden comenzar a cambiar si Coarí logra ser sede de un proyecto petrolífero.

Al fondo del lago de Coarí está la entrada al río Urucú, donde ya se comenzó a explotar petróleo y gas. Este proyecto es la actividad económica más rentable de la región. «Los que fueron a trabajar para allá, que viven allá, dicen que todo es bonito», se ilusiona Zequinho.

La brisa apacigua un poco el calor, alrededor de la hora de almuerzo las temperaturas son implacables. La gente es amable, la mayoría orgullosos de la Feria de Productores junto al embarcadero, donde se colocan sobre el piso tesoros naturales: piñas, papayas, guaraná, guanábanas.

«Nosotros nos llamamos coarienses», dice la mesonera de una fuente de soda frente a una iglesia antigua. Cerca de la Feria un grupo toca una balada romántica, sólo que se llaman «Herederos de Sión» y el estribillo dice una y otra vez «Jesús amado”. Más allá el sol hace brillar la superficie de este lago un poco perdido cuyo destino, como el de casi toda el agua en miles y miles de kilómetros a la redonda, será desembocar en el río Amazonas.

Las dos ciudades escondidas del río, Tefé y Coarí, han crecido con migraciones provenientes del nordeste que es la zona más deprimida de Brasil. Pero aunque la región ofrece comida, la superación económica no es fácil. La pesca y la agricultura son las actividades principales, pero no hay trabajo para todos.

En los bares la gente conversa. Algunos comentan la escasez de trabajo, especialmente para jóvenes. Otros se quejan de la corrupción. Todo parece indicar que hay muchos problemas por resolver.

Entonces, todos los días, llega el atardecer. Esos atardeceres de luz tan amarilla que transforman a los barcos, al agua dulce de los lagos, a la vegetación, en cómplices.

Nostalgias y decadencias

Una gran ciudad fue levantada en medio de la selva amazónica allí donde se unen dos grandes ríos. Su pasado huele a caucho y grandes fortunas. El presente, a industrias, zona franca y recesión. Es una gran aglomeración urbana donde no faltan las nostalgias ni la decadencia.

En la amazónica ciudad de Manaos existe un salón con dos espejos franceses colocados frente a frente. Quien se pare al medio podrá verse proyectado hasta el infinito rodeado por lámparas rococó y muebles de terciopelo rojo. ¿Cómo llegó a construirse un lugar así en plena selva de Amazonas?

El cambio de paisaje es total en Manaos pues en Amazonas la mayoría de los centros habitados aún no han roto la barrera de la ruralidad.

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Los barcos procedentes del río Amazonas, abandonan ese curso y se introducen por la boca del río Negro un caudal cuyas aguas amarillentas están en permanente penumbra. Allí mismo aparece la primera visión de Manaos. El frente de la ciudad es un largo embarcadero con barcos de todos los tamaños. Además hay un muelle flotante.

Cerca del puerto está la parte más antigua y también el área comercial de Manaos, que desde 1957 es zona franca.

Pueden verse cerca del embarcadero el teatro de la ópera llamado Teatro Amazonas, los grandes hoteles, las industrias, la zona franca. Las fuentes, las glorietas de las plazas, los palacios. Y también los autobuses que se aglomeran en las avenidas, las legiones de vendedores callejeros. 

El paisaje urbano incluye numerosos edificios altos de apartamentos, oficinas y hoteles, zonas residenciales de clase media y alta, una gran cantidad de barrios populares, y también las favelas.

Manaus existe desde fines del siglo XVII. Fue un bastión para las fuerzas portuguesas en sus escaramuzas con otros que ambicionaban el Amazonas. Pero el verdadero florecimiento se produjo durante el siglo XIX por la producción de caucho.

El comercio del caucho alimentó la leyenda de la ciudad rica en medio de la selva, un El Dorado en plena revolución industrial. El dinero fluía hacia Manaos, donde vivían las grandes familias y tenían su sede las compañías encargadas de la extracción del precioso oro vegetal.

Ya es parte de la historia que los ricos mandaban a lavar su ropa a Lisboa, que se consumía más champaña que en París, que los adoquines de las calles principales eran traídos de Portugal, y que el edificio de aduanas fue importado de Escocia.

Y luego está el famoso Teatro Amazonas.

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El Teatro Amazonas en Manaos

El Teatro es en si mismo una leyenda: construido sobre una estructura de hierro fundido, tiene lamparas, muebles y cuadros traídos especialmente de Francia o Portugal, mosaicos de Alsacia recubren su cúpula, un pintor italiano fue contratado en Padua para hacer los murales.

Este teatro de ópera se restaura cada cierto tiempo y normalmente se puede visitar o asistir a un espectáculo. E incluso entrar al exquisito Salao Sobre, con los dos espejos franceses, donde la burguesía cauchera hacía fiestas sobre un piso hecho con miles de piezas de maderas preciosas de la selva encajadas milimétricamente.   

Durante una visita al Teatro Amazonas hay una compañía de danza moderna ensaya una coreografía basada en una canción del músico africano Salif Keita. Los tiempos han cambiado y no hay mucha ópera a la vista, aunque también es cierto que nunca hubo demasiada acción lírica.

Según parece sólo compañías pequeñas aceptaban llegar hasta la selva en los tiempos de mayor esplendor. Incluso esto se habría terminado después que elenco de una agrupación contrajo fiebre amarilla. Caruso, por cierto, nunca actúo allí. Pero claro, hay una tenue línea entre fantasía y realidad.

Fuera del Teatro las huellas de esa época desquiciante y lujosa se encuentran en edificaciones sembradas en una amplia área de la ciudad. Los edificios grandes, como el Palacio del Río Negro, iglesias, algún club deportivo, suelen estar en buen estado. 

En cuanto a las casas, su grado de conservación es variable. Algunas están casi destruidas. Otras están conservadas y bien pintadas, muchas de ellas convertidas en establecimientos comerciales. Las construcciones tenían ventanas largas con puertas de madera, rejas, pequeños jardines.

La mayor cantidad de edificaciones antiguas subsiste en torno al puerto, una zona con callejuelas llenas de hoteles baratos, almacenes al por mayor, vendedores ambulantes.

En la orilla está el enorme mercado de Manaos, una estructura de hierro forjado donde se venden frutas y pescados, se ponen vacunas contra la fiebre amarilla, se compran artesanías, o simplemente hay bares para sentarse a tomar cerveza y mirar al río Negro y los barcos que languidecen en la orilla.

Los parroquianos reunidos cerca de la ribera hablan de crisis para la zona franca, con descensos estrepitosos en la facturación, en la producción, y en la importación. Sólo aumenta el desempleo se lamentan en los bares, donde las cervezas se calientan rápido.

En medio de ese escenario post-romántico del puerto amazónico, comienza y termina la visión de Manaos. Pese a tanta realidad, es difícil dejar de creer que no sea un espejismo en medio de la selva.

La garganta del río

Óbidos y Santarém son escenario de dos maneras distintas de existir junto al río. La primera se agarra a la historia, la segunda al desarrollo. Pero en ambos lugares está llegando el futuro, lleno de complicaciones.

Tortuoso a su manera el río Amazonas se deleita creando su propia realidad. Uno de sus caprichos es la «garganta», un sitio donde las dos orillas se acercan, las profundidades aumentan y las corrientes son fuertes y contradictorias.

Hace 300 años los portugueses navegaron hasta allí en busca de la parte más angosta para construir un fuerte con la misión de controlar el paso de los barcos.

Desde la cubierta del barco se ven primero la iglesia y algunas otras protuberancias arquitectónicas incrustadas en una colina, incluido el fuerte. Al llegar al embarcadero aparece una fila de casas antiguas, de almacenes un poco descascarados que alguna vez fueron usados por grandes firmas comerciales.

Para resistir con más fuerzas al paso del tiempo, la parte más antigua de esta ciudad ha sido transformada en un «museo contextual». Por eso las casas allí tienen placas para certificar su valor y contar su historia, que es la del desquicio amazónico.

Foto L Cordova
El fuerte de Óbidos en el río Amazonas

Los cañones del fuerte, un poco maltratados por el tiempo, apuntan hacia el río. La intención de los portugueses era detener a franceses y holandeses que tenían ambiciones territoriales en el norte de Brasil.

Entonces llegaron la religión, los aventureros, el caucho, las grandes haciendas de cacao y castañas, los esclavistas, el puerto, las actividades comerciales. La creación de una ciudad.

La Óbidos vieja, encantadora, es casi un secreto en el río pues recibe pocos visitantes. Las guías de turismo casi no la toman en cuenta y sus habitantes no saben muy bien como lidiar con los viajeros.

En una casa donde se guardan reliquias de la ciudad está doña Chaquinha, una guía turística de 82 años de edad. Muestra fotos y retratos de precursores con bigotes portugueses o italianos, y alguna otra de los grandes cargueros que paraban en Óbidos.

«Este era un puerto muy importante, y además por su profundidad podía recibir los buques de mayor calado», explica la guía. Muestra un hidroavión en una foto sepia: «ese fue el primer avión que vimos en la ciudad, vino a explorar la frontera pero se cayó. Yo lo vi».

Pero los museos guardan objetos, mientras el tiempo pasa. Para esta ciudad amazónica es sólo un recuerdo la llegada de esos cargueros, la intensa actividad de casas comerciales de Sao Paulo o incluso del extranjero, el ser parada obligatoria de hidroaviones de Panair que en la década del 30 recorrían un próspero río.

Todo esto era posible cuando imperaba la economía de la recolección agrícola y el extractivismo. Se vendían frutas, pescados o caucho. Las realidades fueron cambiando, las condiciones del comercio decaían.

La importancia de ciudades donde se hacia compra y venta como Óbidos disminuyó, las rutas de los grandes barcos desaparecieron, las casas comerciales cerraron. De pronto las grandes cantidades de recursos se concentraban en hidroeléctricas, en bauxita, en hierro.

De hecho cerca de Óbidos hay un yacimiento de bauxita, y un proyecto para una represa. Pero nada de eso repercute de forma importante en la ciudad, donde los beneficiados terminan siendo sólo para unos pocos que logran un puesto en esas empresas.

La pequeña ciudad enfrenta el dilema del estancamiento económico, de no poder ofrecer trabajo a las nuevas generaciones. Ni siquiera las numerosas haciendas y fincas de los alrededores tienen suficientes puestos, comentan los obidenses.

Foto L Cordova
Una barca navega hacia la noche

Paisajes de la ciudad: el sol hundiéndose lentamente en el agua, los niños corriendo por la plaza, la enorme cantidad de barquitos que entran y salen con destinos remotos, pescados descomunales a la venta en el mercado. Una señora que prepara manjares: pirarucú a la parrilla. Otra vende frente a la plaza unos bolinhos de yuca inolvidables.

Desde Óbidos salen carreteras hacia algunos poblados cercanos como Oriximina y Alenquer. La actividad aún es agrícola y pesquera, aunque hay madereras que buscan tesoros de la selva con sonoros nombres: jacarandá, jatoba, maracatiara, guariúba, marupa, araracanga, sucupira, cupiuba.

A lo largo estos caminos polvorientos aparecen fincas, granjas o comunidades. Son rastros de colonos provenientes de zonas más deprimidas del Brasil que van hacia donde ríos o carreteras, por más precarias que sean, hayan abierto una posibilidad.

Todos los días salen barcos de Óbidos hacia Santarém, la tercera ciudad más grande en las riberas del Amazonas. La travesía dura una noche cruzando la zona de la garganta del río. Las hamacas se bambolean vertiginosamente en medio de una borrasca. Hay pocos pasajeros y la corriente es más fuerte en esta parte.

En Santarém el pasado es esquivo. La renovación de sus edificaciones ha sido constante, lo que ha provocado también una pérdida de identidad. Es una ciudad importante, con instalaciones portuarias, con algunas industrias, lo que atrae una población mayor. Sin embargo la gran faja de viviendas marginales revela que no hay suficiente para todos.

La ciudad está justo en el sitio donde el río Tapajoz, de un color verde profundo, insólito en esta parte de la selva, desemboca en el Amazonas, de color marrón. Las dos aguas no se mezclan, y el espectáculo que se extiende por unos kilómetros es inquietante.

También es el punto de partida hacia un lugar especial. En Alter do Chao el río Tapajoz se transforma en playas de aguas verdes transparentes sobre arenas blancas, que dan la impresión de estar en el mar, sólo que el agua es dulce. Es una alucinación caribeña.

Además desde Santarém salen transportes hacia las abandonadas plantaciones de caucho de Fordlandia o Belterra, y hacia pueblos del interior que parecen sacados de una película del lejano oeste desde donde parten buscadores de oro y otros minerales rumbo a la jungla.

Caucho y oro forman parte de esta ciudad que creció bajo el dudoso amparo del sueño amazónico. Y de alguna manera no puede escapar de él: desde aquí se puede acceder a una de las locuras más contundentes de la vialidad moderna, la Carretera Transamazónica.

El río terrestre

Un poco al sur del río Amazonas corre el río terrestre. La carretera Transamazónica es un largo cauce de polvo y barro, resultado de una de las cruzadas viales más atrevidas que se hayan conocido.

La BR-230 copia el curso del río Amazonas pues avanza casi en paralelo. Incluso recorre una distancia parecida. La Transamazónica tiene, de acuerdo con números oficiales, cinco mil kilómetros de largo.

Foto L Cordova
En la carretera Transamazónica

La realidad es que pese al esfuerzo por construirla esta vía aún se observa precaria. El asfalto casi no existe y transitarla puede ser riesgoso. Sin embargo hay muchos vehículos que hacen la travesía: camiones a montones, camionetas y automóviles particulares, motocicletas, alguna bicicleta y, también, autobuses de pasajeros.

Desde Santarém hay una conexión a la BR-230 por un camino al sur que 250 kilómetros después encuentra unas pocas calles rodeadas de casas con un nombre casi perfecto, Rurópolis. El pueblo está en un cruce de caminos, es una puerta de entrada a la Carretera Transamazónica. 

Parado allí, da la impresión de que uno esta lejos de todas partes, y es la pura verdad. La BR-230 aparece como un camino de tierra tan delgado que cuando hay un vehículo de frente es necesario reducir la velocidad para cruzarse cuidadosamente. A menudo hay riachuelos y en ese caso los puentes pueden ser dos simples tablas o una sospechosa estructura de madera. Al principio da susto.

En los días secos el polvo vuela y tiñe las plantas de los costados con diversas versiones de los colores rojizos u ocres que tiene la tierra en estas regiones. Mirada hacia lo lejos, la carretera parece verdaderamente una herida en medio de la selva.

Las jornadas lluviosas complican de forma considerable la vida en este lugar. Los vehículos tienen que avanzar superando charcos y largos barriales.

Hay escenas que se repiten con frecuencia de camiones enterrados más de medio metro en el barro o de autobuses que se han salido de la pista o resbalan cuesta abajo. Entonces el tránsito queda interrumpido y no queda otra que usar cuerdas, motores y empujones.

El barro salpica y mancha todo. Los autobuses avanzan hacia sus destinos cubiertos de tierra.

Los parajes que recorre la carretera, por más precario que sea el acceso, no están deshabitados. Como en otros lugares de la Amazonía la construcción de un camino es una vía de acceso para colonizadores que aspiran a una vida mejor.

También para aventureros que buscan oro o minerales. Para evangélicos que construyen sus iglesias en el medio de ninguna parte.

Los pueblos suelen ser como Rurópolis, con calles de tierra y unas pocas casas. A mediodía impera el abandono y el silencio, sólo un parlante de un bazar de ropa altera el paisaje. Otros lugares tienen un poco más de acción delatada por la concentración de compradores de oro y almacenes que venden provisiones para quienes van tierra adentro.

A las 10 de la mañana el pequeño centro de Uruará está lleno, algunos beben aguardiente, otros apuestan a una ruleta. Muchos aspiran salir pronto rumbo a un garimpo, a buscar mineral. Algunos andan armados a bordo de vehículos que consisten en un chasis (de escarabajo VW posiblemente) sin carrocería, solo con motor, asientos viejos y unos tubos. ¡Es una escena post-apocalíptica!.

Dos ciudades aparecen en un tramo de unos mil kilómetros de la Transamazónica. Altamira, al borde el río Xingú, y Marabá, en las orillas del Tocantins. Las dos tienen al menos 50 mil habitantes y muchos han llegado a instalarse allí utilizando la carretera pues los aviones son caros y los ríos tienen cascadas.

Foto L Cordova
Mirando hacia el futuro en Marabá

Marabá existía mucho tiempo antes de la carretera como lo atestigua su parte más antigua, donde abunda la arquitectura comienzos de siglo XX. Desde hace muchos años la gente comenzó a llegar hasta allí en busca de fortunas, primero de caucho, después de oro.

No muy lejos se encuentra uno de los más grandes depósitos de minerales en Carajás. Allí opera la compañía Vale do Río Doce extrayendo mineral de hierro, lo que fue determinante para la construcción de vías férreas que conectaron a Marabá con puertos en el Atlántico.

Pero además muy cerca de Marabá se escenifica una de las fiebres del oro más fuertes de la Amazonía. En el kilómetro seis, a la salida de la ciudad, se toman los autobuses con rumbo al famoso yacimiento de Serra Pelada y otros lugares.

La explotación del inmenso hueco de la Serra es limitada, aseguran en los kioscos que están en la parada de buses donde venden carne seca, aguardiente, cigarrillos, farinha, y también dinamita y algún revolver. Las noticias de enormes pepitas de oro, a veces de varios kilos, atrajeron en su tiempo a miles de personas que trabajaban hundidas en el lodo y a menudo se dejaban la vida. También llegaban por la Transamazónica.

De acuerdo con los mapas viales, la BR-230 parte del puerto marítimo de Cebadero y atraviesa todo Brasil por su parte más ancha hasta poblados en el extremo oeste del país. Algunos tramos del proyecto nunca se han podido hacer, otros quedaron a medio terminar.

Casi al final, la Carretera Transamazónica debía encaminarse al norte hasta reunirse con el río Amazonas en Benjamín Constant, en la frontera con Perú y Colombia, pero eso no sucedió. En cambió el camino sí tuvo una continuación natural con otras carreteras con las que se conecta, lo cual permite a los vehículos llegar hasta el fondo hacia los estados de Rondonia y Acre, fronterizos con Perú y Bolivia, donde está marcado el punto más occidental de Brasil.

Este río terrestre donde se escenifica la gran aventura de vivir en la Amazonía es recorrido por autobuses un poco viejos y destartalados, pero capaces de resistir los vaivenes del viaje. Sus pasajeros constituyen una galería de tipos humanos únicos. 

En el camino pueden pasar cosas sorprendentes: por ejemplo, que en el medio de la noche el chofer detenga la máquina frente a una choza oscura, donde desciende para que una vieja le lea la mano a la luz de una vela, ante la expectación de los pasajeros.

Cuando se llega al final de un largo recorrido de tres días encima del bus se descubre que la carretera continúa más allá. La sensación es que no tiene fin.

El final (o el comienzo)

Lluvias que caen en forma rotunda, vientos capaces de doblegar palmeras, oscuridad en pleno día. Tarde borrascosa en Mosqueiro, desde donde se contempla el delta del río Amazonas. El agua es turbia y en el la línea del horizonte se difumina ante un cielo lleno de nubes, turbio también. 

Hacía el este, no muy lejos, se produce la entrada definitiva del río en el Atlántico. En la orilla son visibles las contradicciones propias de un encuentro colosal. Las playas de Mosqueiro, con agua dulce del río, tienen olas grandes esa tarde.

El agua del Amazonas, que en algunos casos ha viajado seis mil kilómetros, pierde la calma. Cuando el río desemboca con millones de toneladas se produce un choque. El encuentro es famoso por causar una ola enorme en su anchura y gran poder que llaman Pororoca a la hora de las mareas, dos veces al día.

Para llegar a Mosqueiro hay que pasar primero por Belém, el gran puerto fluvial. La ciudad es a la puerta de entrada y de salida del río. Desde la costanera se ven pasar sin cesar los barcos más distintos del mundo, empeñados en sus navegaciones amazónicas.

La ciudad, que es la más antigua del Amazonas, cuenta con edificaciones antiguas en buen estado. La zona del puerto y algunas de las avenidas principales están bordeadas por viejos caserones e iglesias. Algunas de estas construcciones son de un lujo que fue posible por las fortunas del caucho de fines del siglo pasado. Las avenidas tienen muchos árboles y las plazas se ven hermosas y calmas.

Por detrás de los embarcaderos y las zonas más tradicionales cercanas a la costa surgen edificios modernos, y más allá de las áreas urbanizadas, los barrios marginales, la zona industrial, y las rurales. Casi un millón y medio de personas habitan esta metrópoli del río.

Foto L Cordova
Mercado de Belém

Un imán poderoso de la ciudad es la enorme feria que se forma alrededor del mercado de “Ver-o-Peso”, un centro de compra y venta de productos. La parte principal de la feria es una estructura de metal adornada con cuatro torres que parecen las de un castillo. Adentro se venden pescados provenientes del río.

Pero en la feria en sus alrededores se ofrece casi cualquier cosa. Animales vivos, toda la variedad de frutas y vegetales de la región, carnes, alfarería, cestería, hamacas, insumos para la navegación. 

Una de las zonas funciona como restaurante popular de comidas típicas las 24 horas. En los rincones colocan sobre una caja de cartón una botella de aguardiente, un vasito, un paquete de cigarrillos y una cajita de fósforos, para pegar un trago y una fumada al paso en un momento de descanso.

Al lado mismo del mercado están aparcadas las embarcaciones que utilizaron los productores y viajeros, incluyendo algunas barcas marítimas que llegan desde el Atlántico con camarones y moluscos.

De madrugada el mercado se convierte en un tumulto de oferta y demanda con multitudes caminando por los estrechos corredores. Es la zona de negociantes, amas de casa, productores y curiosos. También, como ocurre en muchas zonas de mercados, de borrachos, mendigos, niños de la calle y carteristas.

No es un mundo fácil, pero Ver-o-Peso tiene su propio punto de equilibrio y eso le ha permitido sobrevivir al paso del tiempo. También se trata de un lugar donde se hacen realidad los sueños sobre el mercado de la selva, caliente, húmedo, desquiciado.

Pinceladas de la ciudad: un grupo de personas conspira en francés (¿tal vez quieren viajar hacia la Guayana Francesa?); un grupo de prostitutas se instalan en el Bar do Parque mientras un hombre con cara de estrangulador les sonríe; el pequeño «cementerio dos judeus» aparece de repente, lleno de maleza, cerrado con un candado oxidado; en el mercado, los trabajadores toman una sopa roja, espesa y fría hecha de acai; el sol calcina los palacetes de la rua Nazaré con sus siluetas versallescas.

La plaza da República es hermosa. Flanqueada por un teatro de antaño, adornada con glorietas y estatuas del rococó, preferida por enamorados o por jubilados. Pero también la habita la otra parte de la metrópoli, que pinta graffitis en las estatuas. Mendigos y locos que anhelan un banco para dormir la siesta. Niños de la calle que al parecer pasan el día huyendo de la policía con una botella de plástico bajo la camisa llena de un pegamento que inhalan sin cesar.

Belém es el centro poblado más grande y activo del delta pero no es el único. La zona está llena de canales, ríos y bahías con numerosos lugares como Mosqueiro, un balneario donde pueden ocurrir curiosidades amazónicas, como por ejemplo una lluvia de grillos, langostas y otros bichos enormes cayendo tan fuerte que es difícil caminar sin hacerse daño en la cara y el torso. Al día siguiente los pollos que alguna vez serán parte del menú del día se los comen alegremente.

Al frente está ubicada la masa más grande de todo el delta, la isla de Marajó de unos 50 mil kilómetros cuadrados, propensa a las inundaciones, con largas playas y manadas de búfalos salvajes. Muchísimo más allá en la ribera del frente se encuentra el territorio de Amapá, remoto y despoblado, enigmático, fronterizo, puerta de entrada hacia Guayana Francesa.

Una inhalación profunda pone en evidencia una confusión de aromas. 

Así termina el río, con los sonidos de esas olas de agua dulce que inundan las noches en las riberas del delta.



Notas de redacción:

Texto de Luis Córdova

Fotos de Luis Córdova

Estas “postales” reúnen observaciones de varios viajes al río Amazonas. Sin embargo tienen su origen en un recorrido realizado desde Leticia a Mosqueriro a fines de 1992. Este recorrido fue reseñado en una serie de artículos titulada “Cuadernos de navegación amazónica” inicialmente publicados por el suplemento “Domingo Hoy” de Caracas. Luego salieron versiones de otros diarios y han sido colocados en formato web en los años 1990. Nada de eso existe ya…

Esta versión editada en 2026 incluye importantes recortes de texto y abundantes cambios, aunque nunca son suficientes…

Por cierto, esta no es una guía de viajes, fuera que muchas de las observaciones ya estarán obsoletas. 


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